Padme

reto jess enero

Padme, Milo, sense Chan y Cara

Padme era una joven de piel de chocolate que entrenaba todos los días para ser la mejor guardiana de la luz de toda la galaxia. Los senderos de la lucha empezaban a no ser desconocidos para ella, aunque se dejaba llevar por el miedo cuando aparecía en su campo energético el recuerdo de su anterior entrenador: Milo. 

Milo era un fabuloso guardián de facciones duras y músculos marcados; tenía un gran atractivo para las chicas aprendices como ella. Pero todo lo que parecía bueno en él, lo tenía de malvado. 

Un año antes, Milo había seducido a una jovencita proveniente de las llanuras del norte: Cara. Pelirroja y muy blanca de piel, con la que Padme había conectado desde su llegada a la academia. Cuando empezó a tontear con el entrenador, Padme envidió a Cara más de lo que su instrucción le permitía, pero no intervino. Poco después la chica desapareció dejando una carta de despedida donde decía que Milo le había roto el corazón. Pero Padme no tardó en descubrir que había sido un montaje, pues Milo la había matado en un ataque de celos. Ella destapó el asunto y el entrenador fue expulsado de la academia y condenado al ostracismo, pero antes de irse lanzó una amenaza sobre Padme. Desde entonces, la chica no podía conciliar el sueño ni seguir con la instrucción de forma habitual, aunque se esforzaba por recuperar la normalidad. 

***

Llovía a cántaros cuando la joven salió hacia el templo bien temprano. Todavía no había amanecido, pero era la hora de la meditación con el sensei Chan, quien le enseñaba a controlar sus emociones. Cuando llegó, la puerta del sacro lugar estaba entreabierta y dentro un reguero de sangre la condujo hasta el cuerpo sin vida del sensei, que reposaba sobre las duras losas de piedra del suelo. A su lado había un paraguas, que camuflaba una katana en su interior y que había sido el arma con la que habían arrebatado su vida. En cuanto Padme vio la empuñadura de la katana, con cuero trenzado de forma especial, supo que era de Milo y que faltaba una, pues siempre iba armado con dos katanas mellizas. 

Sintió el miedo recorrer su espinazo y en un rápido reflejo desenvainó el puñal que llevaba en la cintura. Un fuerte impacto por la espalda y la calidez de su propia sangre saliendo a borbotones la sorprendió. Milo la había atravesado con la segunda katana sin que ella tuviera tiempo de reaccionar. Padme cayó de rodillas llevándose las manos al abdomen. 

Milo dibujó una sonrisa en su rostro viéndose triunfador al cumplir su amenaza, pero en un movimiento inesperado y veloz, Padme se puso en pie, giró sobre sí misma y le clavó el puñal a Milo en el cuello, justo en la yugular. Los dos se desplomaron en el suelo al unísono, mezclando su sangre con la del monje. 

El último pensamiento de Padme fue que, aunque ya no sería una guardiana, había vengado a su amiga antes de morir y que el monstruo de Milo ya no volvería a matar a nadie más.


Esta es mi propuesta para el Desafío Literario del blog de Jessica Galera Andreu. Mi objeto era un paraguas.

reto jess banner

Lídia Castro Navàs

logo 2

Invitación

labo

Los golpes en la puerta vuelven a sonar, el señor Elliot ahora está seguro de ello. Se levanta con dificultad, deja el plato con los restos del asado en la mesa del comedor y se dirige a la puerta junto a Labo, su fiel perro. Cuando la abre, su expresión cambia y queda petrificado, como la figura que tiene enfrente. Aunque esta no levanta más de un metro del suelo, su aspecto grotesco y espeluznante, hace que Labo gima y corra a esconderse bajo la cama. 

—Buenas noches, ¿es usted el señor Elliot?

—Sí, soy yo, ¿quién lo pregunta? 

—Disculpe, soy Le-Duc y le traigo una invitación de Notre Dame.

—¿Notre Dame? ¿La catedral?

—Sí, la misma. El señor Cuasimodo le invita a usted y a su perro a pasar la Navidad allí. 

—Pero…

—Cada año por estas fechas, el señor escoge a personas anónimas y que van a pasar las fiestas solas, para invitarlas y así regalarles su compañía. 

—Vaya… 

—Él sabe muy bien lo que es estar solo y da gracias al cielo por tenernos a nosotras, las gárgolas, para no sentirse así. Y quiere compartirlo con alguien en estos días tan especiales. 

—¡Pues qué sorpresa!

Ante la inesperada invitación, el señor Elliot no se lo piensa dos veces; su difunta esposa siempre quiso visitar París, no iba a desaprovechar esa oportunidad. Prepara un equipaje de mano, ata a Labo con su correa y coge la bailarina de porcelana; «Algún presente tendré que hacerle al generoso Cuasimodo», piensa para sí. Le da la mano a la gárgola que lo espera en la entrada y, después de un chasquido, desaparecen dejando un rastro de humo. Sin duda, estas serán unas Navidades inolvidables para el señor Elliot.


Esta es mi propuesta para el Desafío Literario del blog de Jessica Galera Andreu.

jess

Lídia Castro Navàs

logo 2

Marvin

 

ludwig

Sonaban las campanas de la iglesia marcando mis pasos hacia la casa de los Ludwig. Hacía más de un siglo que estaba deshabitada y no conseguían venderla a causa de la maldición que se decía que pesaba sobre ella. 

Era mi primer caso desde que saliera de la facultad y empezara a trabajar en esa agencia de investigadores de lo paranormal. Mi jefe me había confiado el caso en solitario y yo no podía estar más entregada, pues resultaba que la maldición de los Ludwig era sobradamente conocida en todo el condado; eso me hacía ser consciente de la importante tarea que se me había asignado. 

Cuando sonó la última campana anunciando las nueve de la mañana, llegué hasta la verja de la propiedad. Fruncí el ceño al dirigir mi mirada dentro y ver el aspecto lúgubre y dejado de los alrededores. «¿Cómo quieren venderla en este estado?», me pregunté perpleja.

Empujé la verja y un chirrido acompañó su apertura. Las enredaderas habían anidado en las bisagras y me dificultaron la entrada, pero con un poco más de fuerza de lo habitual, pude con ella. 

Mientras me acercaba a la puerta principal del edificio, intuía el sendero de piedra del suelo que había sido invadido por las malas hierbas; la dejadez del lugar me dejó atónita, una vez más. Toqué al timbre y resonó en el caserón con un eco propio de una catedral. 

La puerta se entreabrió y una voz desde el interior me invitó a pasar. Era Marvin, con quien había hablado por teléfono. Su familia estuvo al servicio de los Ludwig antes de su desaparición. Él mismo me afirmó que tenía pruebas de lo que les había pasado. 

Nos sentamos en la mesa de lo que parecía un salón con paredes desconchadas y ventanas llenas de polvo y telarañas. Las sillas, que estaban cubiertas por sábanas blancas, eran mullidas y con respaldo alto. Aunque no pude apoyar la espalda pues la tensión del momento me lo impidió.

Marvin era la persona viva más cercana a los Ludwig, o la que yo había podido encontrar. Al hablar con él por teléfono me había asegurado que conocía todo lo ocurrido por un diario que su abuela había escrito mientras servía en casa de los Ludwig. Allí relataba muchas cosas. 

Nos habíamos citado en la casa, pues quería aprovechar la ocasión para visitar el lugar de los hechos y a la vez conocer el contenido de ese diario. 

Cuando ya estábamos sentados, me ofreció un café en un vaso de papel de usar y tirar que había comprado de camino. Le agradecí el detalle, aunque yo no bebía café. Por educación no lo rechacé, pero lo dejé enfriar sin siquiera probarlo. 

Saqué mi móvil y encendí la grabadora de voz, pero él me frenó. No quería que nada de lo que dijese saliera a la luz. Le comenté que no era periodista, pero que como investigadora, tarde o temprano, lo que iba a descubrir se sabría. 

Entonces se abalanzó sobre mí sin mediar palabra y me rodeó el cuello con sus manos. La presión que ejerció me dejó sin respiración y empecé a verlo todo borroso. No supe reaccionar, me cogió por sorpresa. 

Caí muerta, asfixiada.

Lo que pude ver a continuación, cuando mi alma se separó de mi cuerpo, fue lo que me reveló la verdad. Allí estaban los espíritus de toda la familia Ludwig; ellos me explicaron, ante mi atónita mirada, lo que les había pasado.  

Marvin me había mentido, ni siquiera se llamaba así, se trataba de John Chapman y era el exmilitar que estaba a cargo de la casa de los Ludwig. Arrastró mi cuerpo inerte hasta el sótano y allí lo arrojó a un foso. Luego lo cubrió de tierra y, finalmente, volvió a colocar los maderos que formaban parte del suelo. 

John no era una persona corriente, sino que se trataba de un demonio inmortal. Pero la familia no lo supo a tiempo. Igual que yo. Después de luchar en varias guerras y cansado de la vida de trincheras, se retiró de los campos de batalla y decidió probar suerte con una vida mundana. Entró a servir en casa de los Ludwig; al principio, todo fue bien, pero pronto empezó a echar de menos la sangre y la destrucción. El odio que atesoraba en su corazón iba creciendo día a día, hasta que no pudo frenarlo más y decidió matarlos a todos. Incluso a su mujer y a su propio hijo de tan solo cuatro años. Se deshizo de los cuerpos en la caldera de la casa y luego se marchó sin ser visto. 

He aquí el secreto de la maldición de los Ludwig, que desaparecieron de un día para otro sin dejar rastro. Ahora ya conocía el enigma, pero jamás podría contárselo a nadie. De hecho, mi desaparición al hacerme cargo del caso, acrecentó todavía más el misterio sin resolver. Y así seguiría por los siglos de los siglos. 


Esta es mi propuesta para el Desafío Literario del blog de Jessica Galera Andreu.

casa ludwig

Lídia Castro Navàs

logo 2

II Premio Ripley

Otra cosa que me mantiene un tanto alejada del blog es porque estoy escribiendo un relato para participar en el II Premio Ripley. Aprovecho la ocasión para darte a conocer este premio de relato corto de ciencia-ficción y terror para escritoras. Para ver las bases, haz clic en la imagen. Tienes tiempo hasta el día 15 de abril.

¡Anímate a participar!

II premio ripley

Lídia Castro Navàs

Misión: salvar a los niños

De nuevo, he vuelto a participar con un relato para una causa solidaria que promueve la web de Orgullo gamer. Ya participé con ellos y os lo expliqué en esta entrada.

Ahora vuelvo a hacerlo con un relato de fantasía y ciencia ficción que podéis leer en el siguiente enlace: Misión: salvar a los niños.

Os animo a leerlo y a participar, es para una buena causa 🙂

D2

Lídia Castro Navàs

Una calabaza, dos calabazas, tres calabazas…

pumpkins-2735191_1920

pixabay.com

 

—Una calabaza, dos calabazas, tres calabazas… —contaba en voz baja en un intento vano por coger el sueño.

Me levanté y fui a deambular por la casa en penumbra mientras todos dormían. El aroma de los boniatos y las castañas asadas me llevó a la cocina; las bolitas dulces de almendra y piñones aún reposaban en la encimera. Estuve tentada de comer una, pero mi madre no me lo permitía desde que tenía aquellos dolores de barriga.

Me fui al salón donde el fuego, que ardía oscilante detrás de una pantalla de cristal, me reconfortó. Encima de una repisa de madera aguardaban un montón de fotos familiares. Ahí estaba yo, el día de mi primera comunión, hacía ya dos primaveras. Los mofletes se me veían llenos, no como ahora; había perdido peso, pero ya lo recuperaría cuando pudiera comer de todo; eso me decía mi abuela.  

«¿Quién será ese?», me pregunté al observar una foto de un hombre con barba. Mi padre no era. Se parecía a mi hermano, con esos ojos vivarachos, pero era imposible, solo tenía cuatro años más que yo.

En ese momento, todo cambió a mi alrededor: la estufa de leña desapareció dejando paso a un radiador metálico. Las fotos seguían allí, aunque encima de un mueble de cristal con acabados cromados. Yo continuaba mostrando mi sonrisa de carrillos abultados, en cambio, mi hermano había crecido, se le veía mayor, mucho mayor.  

—No puedes volver a tu casa, no está permitido  —dijo mi supervisor tirando de mí hasta llevarme de nuevo entre las sombras.

Por un día, sentí nostalgia de mi antigua vida, pero había olvidado que los muertos no podemos estar entre los vivos.

 

@lidiacastro79

Creative Commons License

Mis historias y otros devaneos by Lídia Castro Navàs is licensed under a Creative Commons Attribution-NonCommercial-NoDerivatives 4.0 International License.

El secreto de la aldea

Me desperté en el bosque. Mi ropa estaba por completo ajada y me costó un buen rato recuperar la movilidad de mis articulaciones. La humedad de la noche lo estaba cubriendo todo y amenazaba por calar mi cuerpo entumecido, pero al contrario de lo que pudiera parecer, no sentía frío. Intenté ponerme en pie con mucha dificultad pero no fui capaz de alzarme. Mis piernas no respondían como de costumbre, así que después de múltiples intentos fallidos, decidí gatear.


La oscuridad era total en la espesura del bosque, pero a pesar de eso, podía ver bastante bien. Supongo que mi vista se había acostumbrado a la negrura. Pero dudaba hacia dónde dirigirme. Por desgracia, estaba en una zona desconocida del bosque, no sabía cómo había llegado hasta allí, ni cuánto tiempo había transcurrido desde mi último recuerdo:


Era mediodía, mi madre me había mandado a por leña para la lumbre, pero me entretuve recogiendo unas bayas, tan dulces que hubiera sido un pecado dejarlas en la zarza.


¿Me habrían sentado mal las bayas? Mi abuela siempre me advertía de lo peligroso de consumir alimentos desconocidos en el bosque, como setas y otros hongos, pero había comido esas bayas otras veces, estaba seguro de ello, así que descarté esa idea.  


Continué gateando sin rumbo. Me dolía la espalda una barbaridad. Intenté guiarme con las estrellas, tal y como mi padre me había enseñado en mi niñez, pero la espesura de los árboles me impedía ver bien el cielo. Necesitaba encontrar un claro para ubicarme y decidir mi dirección. Me costaba mirar hacia arriba, mi cuello me resultaba ajeno. Tenía una sensación cada vez más extraña.


En ese momento, otro recuerdo me golpeó como un mazo en la cabeza. Recordaba haber visto un resplandor a lo lejos, que llegaba hasta mí a ras de suelo. Era una luz brillante y dorada, pero no procedía del sol, que estaba en su cénit a esa hora. Eso me desconcertó a la par que llamó mi atención. Quise averiguar de dónde venía y qué provocaba esa misteriosa luz. Pero a partir de ahí… no recordaba más.


Seguí gateando con temor y me percaté que mi olfato estaba muy sensible, era capaz de percibir cualquier olor que antes ignoraba: la tierra mojada, el rastro que unos ciervos habían dejado a su paso, el plumaje de un búho que dormitaba en su escondite. ¿Cómo era capaz de captar todo eso? Entonces, algo llamó mi atención. Un par de jabalíes, haciendo gala de sus hábitos nocturnos, pastaban con tranquilidad. Otras veces había visto cochinos salvajes y sabía que podían ser peligrosos, pues no dudaban en hacer frente a los humanos e incluso habían matado a los perros de un cazador de mi aldea. Pero en cuanto cruzaron sus miradas con la mía, se fueron despavoridos. Eso sí que fue raro.


Después de un largo trayecto sin rumbo, algo me pareció familiar. Eran las zarzas donde había recogido las bayas. Detrás de unos matorrales cercanos, vislumbré el destello de las antorchas de mi aldea. Me sentí aliviado.


Vi a Samuel, el propietario del molino, haciendo guardia en lo alto de la improvisada almena que habíamos construido desde los últimos acontecimientos. Una bestia salvaje amenazaba a la población. Se decía que era un oso, pero no lo sabíamos con seguridad, pues nadie lo había visto nunca. Solo encontrábamos el rastro de muerte que dejaba a su paso. Había acabado con la vida de algunas ovejas y cabras. Su última víctima, un anciano que se vio sorprendido por la espalda, tal y como atestiguaban las marcas en su espinazo.


La verdad es que había tenido suerte en mi odisea nocturna por el bosque. Seguro que mi madre estaría aterrada con mi desaparición.


Cuando estuve a una distancia cercana a la almena quise avisar a Samuel de mi llegada. Pero de mi boca no salió nada inteligible, solo gruñidos. Unos gruñidos que atrajeron su mirada espantada hacia mí. Al instante, dio la voz de alarma. Empezó a tocar la campana de aviso con una fuerza inusitada.


Todos los vecinos fueron apareciendo armados con hoces, horcas y antorchas. Entre ellos estaba mi padre. Sin mediar palabra, se abalanzaron hacia a mí y me atacaron cruelmente. Sentí tal perplejidad que ni siquiera intenté defenderme.


Justo antes de exhalar mi último aliento de vida, se me reveló, como una epifanía, lo acontecido en el bosque en las horas previas:


Había seguido la extraña luz dorada hasta toparme con una bestia salvaje: mitad oso, mitad humana, que había intentado matarme. Pero en el contacto de nuestros cuerpos, durante el forcejeo, mi alma, que se aferraba a la vida con la fuerza de un huracán, se había intercambiado por el alma de aquel monstruo que consiguió arrebatarme la vida. Recordaba perfectamente haber observado mi cuerpo inerte y mutilado tirado en el suelo. Entonces, impactado por encontrarme atrapado en el cuerpo de un ser monstruoso, me desvanecí.


Supongo que mi mente había olvidado esa parte del suceso, en un intento de protegerme, pero no pudo evitar mi aciago final. 


@lidiacastro79


Este fue el relato con el que participé en el Concurso de La sombra dorada

Licencia de Creative Commons

Mis historias y otros devaneos by Lídia Castro Navàs is licensed under a Creative Commons Reconocimiento-NoComercial-CompartirIgual 4.0 Internacional License

El día que me encontré con mi doble

Dicen que todos tenemos un doble en alguna parte… ¿Te imaginas encontrarte con tu doble por casualidad? En la calle, mientras cruzas un paso de peatones  de camino a algún lado y, de repente, ahí está, atravesando la misma calle en sentido contrario. Os miráis. Primero de forma casual, después vuestras miradas se sostienen más allá de lo socialmente permitido; incluso giráis el cuello cuando ya no os es posible seguir mirando de frente.

¿Le diríais algo? Yo, sí. No creo que dejara escapar esa oportunidad única. ¡Es mi doble! Somos iguales físicamente e incluso compartimos algo a nivel psicológico ¿no? En ese caso, me caería bien, seguro. Y no es una cuestión de pedantería, es que creo que os pasaría a todos. Y si hay alguien que no se cae bien así mismo, que vaya pidiendo hora a un terapeuta porque seguro que tiene algún trauma personal por resolver.

Pues resulta, que esto es lo que pensaba hasta hace un par de semanas, cuando me encontré con mi doble en una calle principal y muy concurrida de Madrid. Era mi primera vez en la capital y, por supuesto, aproveché la ocasión para confundirme con el resto de turistas que visitan la ciudad. Fui a la plaza del Sol, paseé por la calle Preciados hasta la plaza Callao, hice una foto al cartel de la Schwe… (ups, no sé si está bien incluir marcas comerciales, mejor lo voy a omitir); la lluvia me acompañó por mi visita al Parque del Retiro, donde me refugié en el delicado Palacio de Cristal; dediqué buena parte de mi tiempo a deleitarme con el arte que se encuentra en el Museo del Prado… En fin, ¡lo más típico!

Cuando iba camino de la Puerta de Alcalá, mientras estaba parada en uno de los numerosos pasos de peatones con semáforo, me fijé en una chica al otro lado de la calle. Llevaba un gorro de lana muy molón. A mí me gustan mucho los gorritos y con el frío que hacía me hubiera ido genial tener uno. Fue por eso que me fijé en ella, por el gorro en forma de boina, de color granate y blanco. Después de admirar el susodicho gorro trasladé mi mirada a su cara y me sorprendió descubrir un parecido asombroso a mí misma: tez morena, grandes ojos pardos, pómulos prominentes, barbilla afilada, pelo castaño y corto, escondido bajo el gorro, solo el flequillo liso quedaba a la vista. Era mi viva imagen.

Ella no pareció percatarse de mi mirada descarada pues seguía hablando animadamente con su acompañante: un joven un tanto rechoncho que cargaba con la funda de un instrumento de música; muy probablemente, una guitarra. Ella llevaba las manos libres y no paraba de gesticular, algo que yo suelo hacer mucho. Solo colgaba de su hombro derecho un bolso de piel oscuro.

Pensé que quizá formaban parte de un mismo grupo musical en el que ella era la vocal. Siempre me ha gustado cantar, aunque solo lo hago en el coche o en la ducha. Pero por cuestión de unas afonías tuve que visitar a una terapeuta de esas que tratan los trastornos en la voz, y me comentó que valdría para cantante. Fue halagador saberlo, pero no me sirvió de nada, pues mi trabajo de analista de datos no tiene mucho que ver con cantar, de hecho casi no uso mi voz en toda mi jornada laboral.

Bien, volvamos a mi doble. En ese momento, todo pasó muy deprisa. Un alud de pensamientos desbordaron mi mente. ¿Sería verdad? ¿Era mi doble o solo lo parecía? ¿Debía hablarle? Tal vez, ¿llamar su atención? ¿Acercarme a ella?

Yo estaba enfrascada en mis pensamientos, que repiqueteaban en mi mente como cientos de martillos, cuando el semáforo se puso en verde y todo aquel que esperaba quieto, empezó a moverse. Aquella chica y su acompañante, también. Venían hacia mí, no exactamente de frente, sino por mi derecha y yo seguía parada. De repente, todo el frío que sentía minutos antes se desvaneció y mis manos empezaron incluso a sudar… ¿Qué debía hacer?

Pues bien, fue tal mi estupefacción, que me quedé petrificada. No pude moverme, ni articular palabra. ¡Todo pasó rapidísimo y no supe reaccionar! Perdí la oportunidad de cerciorarme si era mi doble o solo habían sido imaginaciones mías. No creo que se vuelva a repetir esa situación una segunda vez, así que mi consejo es: ¡Si crees haber encontrado a tu doble, no dejes pasar la oportunidad!

@lidiacastro79

Entrada para participar en el Reto “Móntame una escena” del blog Literautas.

Licencia de Creative Commons

Mis historias y otros devaneos by Lídia Castro Navàs is licensed under a Creative Commons Reconocimiento-NoComercial-CompartirIgual 4.0 Internacional License

 

Sin aliento

Salgo de allí corriendo. No podía aguantar más su tono de voz. Mi respiración es entrecortada y el sudor está empapando mi espalda cuando alcanzo la puerta giratoria; nunca me había percatado de lo lento que va el dichoso mecanismo. Apoyo las manos en el cristal para hacer presión y que gire más rápido, pero desisto en cuanto veo al de seguridad mirándome con cara de pocos amigos.

Cruzo la avenida a toda prisa y sin mirar atrás. Necesito recuperar el aliento, así que me refugio en un callejón. Saco mi móvil del bolsillo, tengo una llamada perdida de hace poco. En plena discusión acalorada ni siquiera he escuchado el sonido. Aunque era imposible que escuchara otra cosa que no fueran los gritos que vertía sobre mí el cretino de mi jefe. Yo tampoco me he quedado corta. Le he dicho todo lo que llevaba dentro y lo había estado guardando durante largo tiempo, así que me ha salido todo a borbotones y sin freno.

Todo se remonta a hace dos meses, cuando me encargó que cubriera la noticia sobre un asesinato que tuvo mucho revuelo mediático. Seguí el curso de la investigación a conciencia e invirtiendo más horas de las debidas, entrevisté a todas las personas relacionadas con el asunto e incluso me hice con información privilegiada sobre el caso, gracias a que el investigador al mando de la operación está coladito por mí y con un poco de coqueteo no me fue difícil sonsacarle cierta información clasificada. El caso quedó sin resolver: se encontró el cuerpo, se halló el arma homicida, se determinó la causa de la muerte,… pero no dieron con el culpable. Aun así, mi artículo quedó perfecto y ese día nuestro periódico fue el más leído de la ciudad.

Entonces, ayer se encontró otro cuerpo y mi “informador predilecto” (a quien, por cierto, he decidido dar una oportunidad dejando que me invite a cenar el sábado), me dijo que la forma de la muerte era sospechosamente similar que en el caso anterior. Todo apunta a que se trata de un asesino en serie. La noticia tenía que ser mía, era lo más obvio. ¡Pues, no! Resulta que mi jefe cree que estoy demasiado implicada con el caso y que además, ha escuchado rumores sobre que tengo un lío con un detective y eso da mala imagen para el periódico. “La reputación del periódico es lo primero.” -No ha parado de repetir hace un momento. ¿Qué? ¿Y él se incluye en esa reputación? Porque resulta que está felizmente casado, pero tuvo una aventura con su secretaria que fue un escándalo. Y hace apenas tres semanas me hizo proposiciones indecentes, que yo rechacé, claro. ¿O es que él no cuenta a la hora de salvaguardar la honra del periódico?

En fin, no se debió tomar bien que le rechazara entonces y ha aprovechado la ocasión para vengarse y echarme. Pero yo le he querido dejar un recuerdo… Antes de irme corriendo de allí, le he partido la ceja con el libro de recetas de mi difunta abuela que tenía guardado en la oficina. Es lo único que me he llevado con las prisas. Creo que ahora voy a tener más tiempo para cocinar.

@lidiacastro79

Entrada para participar en el reto mensual “Móntame una escena” del Blog Literautas.

Licencia de Creative Commons

Mis historias y otros devaneos by Lídia Castro Navàs is licensed under a Creative Commons Reconocimiento-NoComercial-CompartirIgual 4.0 Internacional License


Aroma de coco

Cuando despertó, todavía estaba allí. Tenía los ojos aún cerrados pero percibió el inconfundible aroma de su piel. Yacían desnudos, cubiertos solo en parte, por una sábana de lino blanca. Dormían de lado y él tenía su rostro casi rozando la sensual espalda de su compañera. Inspiró profundamente: olía a coco. Ese era el aroma que desprendía su morena y tersa piel. Normalmente, su dermis era más bien rosada, aunque en verano adquiría ese tono bronceado que tanto le atraía. Alargó los dedos con sumo cuidado y la acarició suavemente. Su tacto se le antojó ardiente y por un momento tuvo el impulso de abrazarla entera, pero se frenó para dejarla descansar y así admirarla mientras dormía. Era la primera vez que podía hacerlo y lo estaba deseando.

Las curvas de su cuerpo se veían pronunciadas dada la posición. Su brazo derecho reposaba en el costado y la mano le caía hacia adelante en la zona de la cadera. La línea de la columna se le marcaba ligeramente a lo largo del dorso. Él la ascendió con la mirada, hasta toparse con un pequeño tatuaje que se mostraba en su hombro derecho. Sus rizos rojizos caían por su cuello de forma desordenada. Le encantaba juguetear con ellos cuando tenía ocasión, por eso puso el dedo índice en el interior de un bucle, sin llegar siquiera a tocarla. Ella no siempre se lo permitía. De hecho, no le gustaba demasiado que le palparan el cabello. Del carnoso lóbulo de su oreja colgaba una libélula plateada. Eran sus pendientes especiales, decía ella.

Esa noche había sido, sin duda, especial.

Encima de la mesilla todavía estaban la botella de cava vacía y el bol que había contenido unas exquisitas fresas. De debajo del bol asomaba el billete de avión que él había cogido sin pensarlo dos veces, para darle una sorpresa.

¡Y vaya si la había sorprendido!

Mientras rememoraba esos instantes, de repente, ella inspiró profundamente y, a la vez que exhalaba, se giró hacia él. Pudo observar cómo sus perfiladas pestañas se entreabrían y dejaban al descubierto esos ojos castaños, con matices dorados, que tanto le gustaban.

Buenos días -dijo ella al tiempo que una adorable sonrisa se dibujaba en sus labios.

Estiró los brazos hacia él, hundió el sonrojado rostro en su pecho y se fundieron en un abrazo cálido y tierno. Se quedaron así, entrelazados, en silencio, disfrutando de su primer despertar juntos.

@lidiacastro79

Entrada para participar en el reto Inventízate del blog: El libro del escritor

Licencia de Creative Commons
Mis historias y otros devaneos by Lídia Castro Navàs is licensed under a Creative Commons Reconocimiento-NoComercial-CompartirIgual 4.0 Internacional License