Recuerdo indeleble

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Entré en la habitación y todos estaban reunidos. Unos, en pequeños grupos, hablaban en voz muy baja; otros, más apartados, tenían la mirada perdida y se mantenían en silencio. El sol de mayo se colaba por los balcones, pero su calidez apenas era perceptible. Y, entonces, la vi a ella: su tez pálida y la inexpresión de su rostro me impactaron. Estaba claro que ese cuerpo hinchado e inerte ya nada tenía que ver con mi abuela.

Lídia Castro Navàs

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Perdido en sus recuerdos

El anciano encontró las llaves en la caja metálica donde guardaba las galletas danesas que tanto le gustaban. No recordaba haberlas dejado ahí, no era el sitio habitual, pero últimamente su memoria tenía muchas lagunas.

– ¡Qué terribles los estragos de la edad! -Suspiró mientras se dejaba caer en su sillón, con cuidado de no forzar demasiado sus frágiles rodillas.

Se avergonzaba al reconocer que no sabía qué había tomado para desayunar ese mismo día. Sin embargo, era capaz de recordar perfectamente el olor del ambiente, el día en que vivió su primer bombardeo. Tan solo tenía diez años cuando estalló la guerra, pero aún tenía presente ese fatídico día en que los aviones enemigos bombardearon su pueblo…

Las sirenas empezaron a sonar de forma atronadora. Corrí y corrí. No paré hasta llegar al refugio antiaéreo que se encontraba al final de una calle, excavado directamente en la roca. La entrada era pequeña y abovedada, igual que el resto del espacio: un largo pasillo, no muy ancho, bastante bajo de techo y con el suelo de tierra. Yo mismo había colaborado en las tareas de construcción. Con ayuda de una carretilla, transporté las piedras de la voladura de la montaña. Así fue como consiguieron perforar la roca. Luego, se vació de escombros y el espacio resultante se “acondicionó” mínimamente. Unas banquetas en hilera, aguardaban en el lado izquierdo, mientras que en el derecho, colgaban de la pared, de forma improvisada, algunas bombillas que parpadeaban al son de las sirenas.

El polvo suspendido en el aire dificultaba la respiración, aunque allí dentro, la manteníamos contenida. Parecía como si todo el mundo la aguantara, para que el peligro pasara más rápido. Del mismo modo, el silencio era casi sepulcral. Solo se escuchaba el ruido exterior. Y las miradas llenas de pánico, en las caras de la gente, ponían los pelos de punta.

Polvo, humedad y miedo. Ese era el olor del ambiente que se podía respirar en el refugio. Un olor que no era fácil de olvidar por muchos años que pasaran…

El anciano abrió los ojos. Por un momento, los recuerdos le habían hecho perder la noción del tiempo. Se sentía un poco aturdido. Estaba sentado en su mullido sillón orejero y en sus manos tenía unas llaves. Desgraciadamente, no recordaba qué abrían, ni qué iba a hacer con ellas. Así que se quedó sentado, mirando a la nada y volvió a perderse en sus recuerdos.

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El sentir de los recuerdos

Los recuerdos pernoctados se despiertan entre sueños y espabilan el dolor anestesiado de mis entrañas.
Esa realidad onírica marca en mi piel las heridas como si fueran tatuajes y reviven los sentidos, dormidos en lo más profundo del inconsciente, donde estaban ignorados, pero no olvidados… Ya no duelen como antes y mi corazón diseña nuevas estrategias de escape, que son un refrescante bálsamo para mis llagas casi curadas.
Y levanto la mirada al cielo, que se descubre azul y despejado, y vuelvo a ver el sol; aunque brilla diferente… igual que yo.

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