Lucha emocional 

Estábamos sentados, frente a frente; él se mantenía impávido, frío, indiferente… mientras, yo lloraba a mares y sollozaba al tiempo que mi alma se desgarraba implorando su comprensión. No entendía por qué me hacía eso, por qué tenía que pasar por aquello, por qué no me quería…

Después de incontables horas de lucha contra mis propias emociones, logré subir mi libro a la plataforma de Kindle sin que el archivo se desconfigurara. Y es que tengo que admitir, que hay máquinas que no me quieren.


@lidiacastro79


Hacer frente a tal batalla

 

Bajo la sombra de un olmo descansaba después de librar una cruenta batalla. A su lado reposaba su armadura dorada, y más allá, pastaba su montura. Se sentía satisfecho de salir airoso de tal contienda. Había sido duro, el sudor aun era visible en su frente y seguro que, tarde o temprano, los efectos adversos empezarían a aflorar. Un aire cálido se escapó por el final de su espalda dejando quemazón tras de sí. Era la primera evidencia… ¡Y es que atreverse a hacer frente a una fabada de su abuela tenía sus riesgos!

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Con esta entrada participé en el concurso que promovió Paula De Grei sobre la novela “La sombra dorada” de Luis M. Núñez o como lo conocemos todos en el mundo blogger, Lord Alce. Os invito a visitar su blog y también a adquirir su novela que, aunque la acabo de empezar a leer, ¡promete mucho! Y además está escrita con su característica calidad léxica y esa prosa que deleita los sentidos.

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La espada 

La espada se forjó con las brasas procedentes del volcán maldito. Su hoja plateada brillaba con la intensidad de tres lunas, como las que se alzaban cada noche en el cielo.

Y ahora me tocaba a mí empuñar la espada para salvar lo que quedaba de nuestro mundo ante la amenaza que se cernía sobre nosotros: la ignorancia. 

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La fortaleza

Allí estaba yo, sola, de pie frente al umbral.

Tenía todo mi cuerpo en tensión: la mandíbula apretada, la sangre circulando rauda por mis venas inflamadas, las pupilas dilatadas y el sudor empapando mi camiseta de fibra sobre la que descansaba una cota de malla extremadamente ligera.

Mi mano derecha apretaba con fuerza la empuñadura de la espada eléctrica, que chisporroteaba lista para sesgar la vida de aquel que intentara atentar contra la mía.

El portal que se hallaba ante mí daba acceso a una fortaleza. Una vez dentro, la oscuridad total me engulló, pero, incluso sin ver nada, era capaz de sentir el mal que habitaba entre sus macizos muros.

Estaba dispuesta a hacerle frente y acabar con él de una vez por todas. Nunca me había sentido tan preparada.

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Jornada sobre la arena

La arena crujía bajo mis sandalias y el abrasador sol me hizo odiar el casco metálico que tantas veces había salvado mi mísera vida. La manga que cubría mi brazo derecho, se me antojó demasiado apretada. Me arrodillé frente al altar, sin soltar la gladius que llevaba fuertemente empuñada, y me encomendé a mi dios. A mi lado, mi adversario hacía lo propio.

Hasta mis oídos llegaban los rugidos de las bestias que aguardaban bajo mis pies y el furor del público congregado en las gradas. Por un momento, vino a mi memoria el día en que fui capturado como prisionero de guerra y vendido como esclavo a mi entrenador. No sabía lo que la vida me depararía a partir de entonces.

Pero años después, me había hecho un lugar en tan ardua dedicación. El reconocimiento y la fama no era lo que me importaba. Por encima de todo, quería sobrevivir. No temía ni al dolor, ni a las heridas, pero no soportaba tener que asistir en su suicidio a algún contrincante, si así lo decidía el público. Odiaba esos inacabables minutos antes del inicio del espectáculo, pues nunca sabía qué acontecería esa jornada sobre la arena.

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Sakura

Llorando a los pies del túmulo donde yacía su difunto marido pasaba los días. Sumida en el dolor por la pérdida era incapaz de retomar el hilo de su propia vida.

Había sido enterrado meses atrás, sin ostentaciones, como él quería, tal y como establecía el bushidō (el código ético de los samuráis).

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Principios del bushidō. Fuente: red.

En el kofun, junto con el cuerpo sin vida del guerrero, se habían depositado sus más preciados bienes: la armadura, un espejo de bronce, unas estatuillas de barro y, por supuesto, sus espadas: La katana, delicadamente forjada para él. La wakizashi, que siempre llevaba colgada en su cinto. Y el tantō, con la que acabó con su propia vida.

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Las tres espadas samurái. Fuente: red.

La decisión no debió ser fácil, pero no hay mayor honra para un samurái que dar la vida por su señor. La muerte no es algo temido ni lejano, es parte de la existencia. Él había aprendido eso a muy temprana edad. 

Ante la derrota y la muerte de su amo, llegó el momento de afrontar la situación y prepararse para el seppuku. No iba a permitir que el enemigo le hiciera prisionero.

Resguardado en un rescoldo, en pleno campo de batalla, echó un gran trago de sake y escribió unos últimos versos dedicados a su esposa. Sentado sobre sus rodillas, se abrió las vestiduras y empuñó el tantō, no sin antes envolverlo cuidadosamente con un papel de arroz. Situó el filo de la daga en su abdomen. Con determinación y una fuerza inusual hizo un corte rápido, de izquierda a derecha. Volvió el filo al centro y subió verticalmente hacia el esternón, hasta desentrañarse por completo.

Sufrió una larga y horrible agonía antes de caer finalmente muerto. Pero, de ese modo, consiguió salvaguardar su honra y la de su propia familia.

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Seppuku (o Harakiri). Fuente: red.

La desazón y la pena habían convertido a su entregada esposa en un espectro que paseaba su liviano cuerpo, enfundado en un kimono blanco, desde su casa hasta la sepultura, y el camino de vuelta.

El suyo había sido un amor cultivado con tiempo, con paciencia, con respeto… El trato que se profesaban era cortés y amable. Una sola mirada les era suficiente para comunicarse. Él era un hombre discreto en público y de pocas palabras; en cambio, en privado, era un amante muy entregado y a la vez delicado. Apreciaba la poesía, las bellas artes… Y a menudo se refugiaba en la creación de jardines flotantes. Los cuidaba con sumo mimo, como todo lo que hacía.

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Flor del cerezo (Sakura). Fuente: Pixabay.

Y ahora ella rememoraba esos momentos vividos a su lado, mientras observaba con sus llorosos ojos las flores que reposaban sobre el sepulcro. Siempre que podía, llevaba consigo un ramo de sus flores preferidas para colocarlas en la tumba. La flor del cerezo es tan delicada que a las pocas horas de ser cortada ya se ha marchitado; y pensó: “como la vida del samurái: bella, pero breve”.


Una alumna se inspiró en mi relato para hacer esta ilustración 😀 ¡Gracias, Ari!

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Lídia Castro Navàs

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Sabias palabras

La noche había caído ya. La oscuridad cubría todos los recovecos del valle, a excepción de las zonas cercanas a los tipis, que estaban iluminadas por algunas antorchas clavadas en el suelo.

tipis

Los cazadores principales de la tribu habían vuelto con las presas colgando de sus caballos y la cabeza bien alta de orgullo. Mañana era un día importante. Un nuevo miembro sería iniciado en la “caza del búfalo”. Era una dura prueba y tenía que superarla si quería formar parte de la élite y hacerse un nombre entre los ojeadores más aventajados.

En la tienda común, el fuego central ya estaba encendido. Se escuchaba el crepitar de la leña seca desde varios metros de distancia. El verano hacía varias lunas que había dejado paso al otoño y las noches empezaban a ser frías. No tardarían en caer los primeros copos de nieve de la temporada, que cubrirían todo con un blanco e inmaculado manto. El gélido invierno acabaría por helar las partes menos profundas del río donde pescábamos los deliciosos salmones. Y coincidiría con el recogimiento de los osos pardos, a los que ya no volveríamos a ver hasta la próxima primavera.

fuego

Hoy era día de reunión y todos se encaminaban, cuál gotas de una lluvia muy esperada, hacia la asamblea. Yo también me uní a ellos. Al entrar en la tienda, la calidez del fuego y el olor de la salvia blanca quemándose despacio, me hicieron inspirar profundamente. Como siempre, el jefe del clan y el hechicero presidían la sesión con gran solemnidad y todo el mundo allí congregado aguardaba con respetuoso silencio a la espera del inicio de la ceremonia.

Fue el hechicero el primero en intervenir. Pronunció unas palabras rituales a modo de canto acompañado por la percusión de los tambores. A continuación, habló el gran jefe, sentado en el suelo con las piernas cruzadas y el posado serio. Nadie esperaba lo que iba a decir…

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El hombre blanco amenaza la paz y la integridad de la madre tierra, la que nos sustenta y nos da cobijo. Trae consigo, muerte y destrucción… Cargado con esas mortíferas armas de fuego que arrebatan la vida de aquellos que se ponen enfrente para defender la naturaleza…

Se hizo un murmullo casi imperceptible que acabó con el silencio reinante.

“...¿cómo puede el hombre blanco querer poseer algo que no tiene dueño? Somos los hombres los que pertenecemos a la tierra y no al revés… ¿Cómo se pueden poseer los rayos del sol, o la luz de la luna, o la fuerza de las corrientes de agua? Debemos defender la seguridad de nuestra tribu y la integridad de nuestra madre, la tierra, de nuestros hermanos, los animales… El misterio se cierne sobre nosotros. El futuro es ahora incierto… La vida ha terminado. Ahora empieza, la supervivencia.”

– El momento de actuar ha llegado -Pensé para mí.

@lidiacastro79