Consejo al amanecer

reto jose

La luz dorada del sol naciente bañaba todo el campo a mi alrededor. Incluso el cielo parecía de oro y no mostraba su típica tonalidad azul. El parque, lleno de vegetación, rebosaba de vida, aunque ni una sola persona deambulaba por ahí a esas tempranas horas. Un camino adoquinado rodeado de verde hierba pasaba frente a un banco metálico, inerte e inalterable ante la maravilla que yo estaba observando y que tanto me emocionaba. Siempre he tenido el anhelo de que alguien se siente a mi lado a observar el fantástico amanecer… Pero nunca he visto cumplidos mis deseos. Me siento privilegiado de haber nacido en esta latitud y disfrutar de tal calidad de vida. Soy feliz aquí y tengo todo lo que necesito. Además, aunque quisiera, no podría irme, pues mis fuertes raíces me lo impiden; no me refiero a raíces familiares, sino a esa parte de mí que me ayuda alimentarme. Envidio a los humanos porque cuando sienten el impulso pueden abandonar su sitio, marcharse… Sé que algunos de ellos, sin tener raíces como yo, también se sientan anclados a un lugar e incluso puede que les sea imposible moverse, por sus miedos, sus condiciones, por el peso de su sistema… Pero realmente pueden hacerlo. Yo no. Yo nací aquí y moriré aquí. 

Mi consejo para esos humanos que se resisten a moverse aun sintiendo que deben hacerlo, porque están en una encrucijada en sus vidas y su felicidad depende de ello, les diría: ¡Muévete, no eres un árbol!


Esta es mi propuesta para el Va de reto, desafío literario del blog de JascNet.

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Lídia Castro Navàs

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Padme

reto jess enero

Padme, Milo, sense Chan y Cara

Padme era una joven de piel de chocolate que entrenaba todos los días para ser la mejor guardiana de la luz de toda la galaxia. Los senderos de la lucha empezaban a no ser desconocidos para ella, aunque se dejaba llevar por el miedo cuando aparecía en su campo energético el recuerdo de su anterior entrenador: Milo. 

Milo era un fabuloso guardián de facciones duras y músculos marcados; tenía un gran atractivo para las chicas aprendices como ella. Pero todo lo que parecía bueno en él, lo tenía de malvado. 

Un año antes, Milo había seducido a una jovencita proveniente de las llanuras del norte: Cara. Pelirroja y muy blanca de piel, con la que Padme había conectado desde su llegada a la academia. Cuando empezó a tontear con el entrenador, Padme envidió a Cara más de lo que su instrucción le permitía, pero no intervino. Poco después la chica desapareció dejando una carta de despedida donde decía que Milo le había roto el corazón. Pero Padme no tardó en descubrir que había sido un montaje, pues Milo la había matado en un ataque de celos. Ella destapó el asunto y el entrenador fue expulsado de la academia y condenado al ostracismo, pero antes de irse lanzó una amenaza sobre Padme. Desde entonces, la chica no podía conciliar el sueño ni seguir con la instrucción de forma habitual, aunque se esforzaba por recuperar la normalidad. 

***

Llovía a cántaros cuando la joven salió hacia el templo bien temprano. Todavía no había amanecido, pero era la hora de la meditación con el sensei Chan, quien le enseñaba a controlar sus emociones. Cuando llegó, la puerta del sacro lugar estaba entreabierta y dentro un reguero de sangre la condujo hasta el cuerpo sin vida del sensei, que reposaba sobre las duras losas de piedra del suelo. A su lado había un paraguas, que camuflaba una katana en su interior y que había sido el arma con la que habían arrebatado su vida. En cuanto Padme vio la empuñadura de la katana, con cuero trenzado de forma especial, supo que era de Milo y que faltaba una, pues siempre iba armado con dos katanas mellizas. 

Sintió el miedo recorrer su espinazo y en un rápido reflejo desenvainó el puñal que llevaba en la cintura. Un fuerte impacto por la espalda y la calidez de su propia sangre saliendo a borbotones la sorprendió. Milo la había atravesado con la segunda katana sin que ella tuviera tiempo de reaccionar. Padme cayó de rodillas llevándose las manos al abdomen. 

Milo dibujó una sonrisa en su rostro viéndose triunfador al cumplir su amenaza, pero en un movimiento inesperado y veloz, Padme se puso en pie, giró sobre sí misma y le clavó el puñal a Milo en el cuello, justo en la yugular. Los dos se desplomaron en el suelo al unísono, mezclando su sangre con la del monje. 

El último pensamiento de Padme fue que, aunque ya no sería una guardiana, había vengado a su amiga antes de morir y que el monstruo de Milo ya no volvería a matar a nadie más.


Esta es mi propuesta para el Desafío Literario del blog de Jessica Galera Andreu. Mi objeto era un paraguas.

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Lídia Castro Navàs

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EJ: Optimvs mensi

Escribir jugando banner II

El día 28 publiqué todas las creaciones presentadas al reto de Escribir Jugando del mes de diciembre.

Ha pasado ya la Navidad, pero se avecina el año nuevo, así que aprovecho para desearos una magnífica entrada en el 2020 y que se cumplan todos vuestros proyectos de escritura.

feliz año nuevo

Este ha sido un mes lleno de muy buenas propuestas, que me han supuesto más de un dolor de cabeza a la hora de tener que escoger solo dos. ¿Quién pondría estas normas? 😉

Primero, felicitar a todas las creaciones, porque cada una aporta algo que las hace únicas y especiales.

Y ahora sí, mis dos selecciones:

La mención especial es para un microrrelato que me conmovió por tratar una temática cuando menos delicada. Y más en el momento en que supe que está inspirado en una historia real. Leerlo me removió por dentro y creo que no fui la única.

Me refiero a “Ella” por Luna Paniagua.

¡Me encantó! ¡Gracias! 😀

Mención especial II

Ha llegado el momento de desvelar el Optimvs mensi del mes de diciembre y es para…

Drumroll

…por crear un microrrelato con una fuerte crítica a muchas creencias, ideas preconcebidas, prejuicios… sociales. Empezando ya por el propio título, la autora nos lleva con sutileza hasta un final inesperado, con frases cortas, pero contundentes y rubrica un final a la altura de cualquier obra del género dramático. El galardón va para: “De Marie Taglioni a Towanda…” por Marié.

De Marie Taglioni a Towanda

De pie, en el espejo, su cuerpo desnudo. Observaba cada cicatriz, cada zona fundida, cada arruga impresa. Se vistió despacio. Unos leotardos, un jersey cisne, su falda de vuelo imposible y la máscara, siempre la máscara. Por último, se ajustó la tiara que la coronaba como reina del baile y salió al escenario. Bailó la danza del fuego. Era su primera vez. La aprendió la noche en que las llamas acabaron con su casa y casi con ella. Dijeron que no viviría. Dijeron que no vería. Dijeron que no volvería a bailar. Creyeron que se recluiría. Miles de aplausos. Telón…

Marié

¡Enhorabuena! Aquí tienes tu galardón, puedes lucirlo en tu blog a modo de widget si lo deseas y enlazar esta entrada para que todo el mundo vea tu bella creación junto con el premio.

Optimvs mensi Diciembre

Os espero muy pronto en el reto: Escribir Jugando 🙂

Lídia Castro Navàs

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El encargo

money-metal-wood

“Era una noche tan fría que hasta los árboles tiritaban. Ningún animal se atrevía a salir de su guarida y las blancas calles dormían totalmente desiertas. Las chimeneas escupían convulsivamente las sobras de las casas y los cristales empañados de las ventanas impedían ver el interior de las familias.

Esa noche tenía un trabajo que realizar y nada ni nadie en el mundo me impediría ejercer mi encargo. Tal vez fuera la última vez en mi vida, pero, ni el clima más despiadado ni el deseo por el calor de mi dulce hogar me harían desistir en mi cometido.

Volví a comprobar mi puñal, la cuerda y mi ansiedad, y sin más demora, me adentré en el pueblo…

Las calles estaban desiertas, como era de esperar. El frío arreciaba, así que me ajusté el abrigo al cuello y aceleré el paso para entrar en calor. Cuando vi a lo lejos mi objetivo: el bosque, me eché la cuerda al hombro y empuñé el cuchillo. Aunque no lo iba a necesitar hasta más adelante, por eso lo guardé en el bolsillo. Mis dedos se encontraron con un par de monedas que observé con curiosidad, pues su extraño dibujo atrajo mi atención. Parecía un dios hindú de seis brazos a lomos de un tigre. Sin duda serían de uno de mis viajes por oriente y quedarían allí olvidadas. Las devolví al bolsillo y me aferré al tronco de un pino, seguramente centenario. Lo trepé, no sin dificultad y, una vez a buena altura me senté en una rama segura, saqué el puñal de nuevo y lo clavé en la base del muérdago hasta que se desprendió; luego lo até a la cuerda y lo bajé hasta el suelo con cuidado, pues no quería que se desprendieran las bolitas. 

Volví a casa con la misión cumplida: había obtenido el único motivo decorativo que nos faltaba. ¡No podíamos celebrar la Navidad sin el muérdago colgado del quicio de la entrada!


Esta es mi propuesta para el Va de reto, desafío literario del blog de JascNet.

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Lídia Castro Navàs

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Invitación

labo

Los golpes en la puerta vuelven a sonar, el señor Elliot ahora está seguro de ello. Se levanta con dificultad, deja el plato con los restos del asado en la mesa del comedor y se dirige a la puerta junto a Labo, su fiel perro. Cuando la abre, su expresión cambia y queda petrificado, como la figura que tiene enfrente. Aunque esta no levanta más de un metro del suelo, su aspecto grotesco y espeluznante, hace que Labo gima y corra a esconderse bajo la cama. 

—Buenas noches, ¿es usted el señor Elliot?

—Sí, soy yo, ¿quién lo pregunta? 

—Disculpe, soy Le-Duc y le traigo una invitación de Notre Dame.

—¿Notre Dame? ¿La catedral?

—Sí, la misma. El señor Cuasimodo le invita a usted y a su perro a pasar la Navidad allí. 

—Pero…

—Cada año por estas fechas, el señor escoge a personas anónimas y que van a pasar las fiestas solas, para invitarlas y así regalarles su compañía. 

—Vaya… 

—Él sabe muy bien lo que es estar solo y da gracias al cielo por tenernos a nosotras, las gárgolas, para no sentirse así. Y quiere compartirlo con alguien en estos días tan especiales. 

—¡Pues qué sorpresa!

Ante la inesperada invitación, el señor Elliot no se lo piensa dos veces; su difunta esposa siempre quiso visitar París, no iba a desaprovechar esa oportunidad. Prepara un equipaje de mano, ata a Labo con su correa y coge la bailarina de porcelana; «Algún presente tendré que hacerle al generoso Cuasimodo», piensa para sí. Le da la mano a la gárgola que lo espera en la entrada y, después de un chasquido, desaparecen dejando un rastro de humo. Sin duda, estas serán unas Navidades inolvidables para el señor Elliot.


Esta es mi propuesta para el Desafío Literario del blog de Jessica Galera Andreu.

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EJ: Optimvs mensi

Escribir jugando banner II

El día 28 publiqué todas las creaciones presentadas al reto de Escribir Jugando del mes de noviembre.

Ha empezado el frío, pero he podido comprobar que vuestras manos no se detienen ante eso y se muestran más críticas que nunca. ¡Eso me encanta! 

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La mención especial este mes es, de hecho, para una microrrelato que nos cuenta una historia triste, pero real (salvando las distancias). Esta creación tiene el objetivo de remover conciencias y criticar una sociedad que quiere limitar el acceso a la cultura y a  la educación a la gente sin recursos. Para que esto no suceda y para que dejemos que de romantizar la pobreza. Desde aquí hago un llamamiento para que todos los niños y niñas del mundo tengan acceso a una educación digna.

Me refiero a la fantástica historia con tintes mapuches: “Lupe” por Julie Sopetrán.

¡Me encantó! ¡Gracias, Julie! 😀

Mención especial II

Ha llegado el momento de desvelar el Optimvs mensi del mes de noviembre y es para…

Drumroll

…por crear un microrrelato que me hizo reír, en el que me sentí identificada, como no podía ser de otra manera, por esa complicidad que esconden sus palabras. El galardón va para: “Bruja” por Sadire.

sadire

¡Enhorabuena! Aquí tienes tu galardón, puedes lucirlo en tu blog a modo de widget si lo deseas y enlazar esta entrada para que todo el mundo vea tu bella creación junto con el premio.

Optimvs mensi Noviembre

Os espero muy pronto en el reto: Escribir Jugando 🙂

Lídia Castro Navàs

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Cumpleaños al pasado

Mi primer hijo cumplía 5 años y toda la familia se empecinó en que lo mejor era ir a un centro de esos donde hay grandes construcciones de gomaespuma, redes protectoras y piscinas de bolas de colores. 

Yo odiaba esos sitios por la masificación y el ruido que se formaba al coincidir varios cumpleaños a la vez, pero ¿cómo negarse? 

Acabé por sucumbir a tal martirio. 

El día esperado, y después de que los niños devoraran cual jauría toda la merienda con un único ingrediente en común: el azúcar, se dispusieron a zambullirse en los juegos de esa selva acolchada. En un momento dado, mi hijo desapareció víctima de una avalancha de enanos salvajes en la piscina de bolas. Como cualquier padre haría, intenté parecer despistado y hacer caso omiso a las advertencias de mi suegra que me impelían a meterme en esa trampa mortal en busca de mi primogénito. 

Al final, volví a sucumbir, dejando patente mi falta de personalidad y carácter impávido. Sostuve la respiración antes de sumergirme en esa pestilente alberca llena de renacuajos, pero pisé algo de forma redondeada. ¿Qué sería? ¿Una bola, quizás? ¡Había miles! ¿Qué podía ser sino? Mi equilibrio se perdió hasta llegar al firme suelo donde me propiné un golpe seco. Perdí la visión no antes de ver que había sido una manzana lo que había pisado. 

De repente, los gritos malévolos de niños fuera de sí, me hicieron recuperar el sentido. Cuando abrí los ojos, el polvoriento terreno sobre el que me encontraba brillaba por los rayos del sol que lo bañaban. ¿Dónde estaba? Parecía el patio de mi antiguo colegio. 

Vi a un chico tirado no muy lejos de mí, se levantaba con dificultad y se acercaba a las gafas de pasta marrón que estaban tiradas más allá; se las puso y miró alrededor, colocándose de cara a mí. Lo observé y me llamó la atención su atuendo: iba vestido con un chaleco de color mostaza sobre una camisa a cuadros y un pantalón de pana beige. Me vinieron a la memoria unas fotos de mí mismo allá por el año ‘83, cuando cursaba sexto curso de la EGB.

¡Era yo! Mi yo del pasado. Me acordé de que en esos años me solían gastar “bromas” en el recreo que siempre terminaban conmigo en el suelo y mis gafas irrompibles lejos de mí. 

A mi alrededor no había nada de plástico, todo era tierra, piedra y metal oxidado. Estaba claro, o bien estaba en una alucinación a causa de la caída de hacía un momento, o bien el golpe me había trasladado de forma mágica a mi pasado. No lo sabía con certeza y tampoco sabía cuándo iba a despertar de ese “sueño”, pero si realmente se me daba una segunda oportunidad de encauzar mi vida, no la iba a desaprovechar. 

Me hice con un papel y un lápiz de unas niñas con trenzas que no me sacaron el ojo de encima entre risas y apunté lo siguiente: “No celebrar jamás una fiesta de cumpleaños en un chiquipark” y “Hacer un curso de defensa personal y autoestima”.

De nuevo, todo a mi alrededor se difuminó hasta desaparecer. 

Volví a mi realidad y vi que se acercaba una figura: era mi suegra, que me ofrecía un mojito con una sombrillita y me sonreía. Yo estaba reclinado sobre una tumbona de rayas mirando a las transparentes aguas de un mar sereno; más allá, la música sonaba mientras unos niños bailaban y construían castillos en la fina y blanca arena de esa paradisíaca playa. Acepté la bebida y le devolví la sonrisa.

No sabía cómo, pero ¡había funcionado!  


Esta es mi propuesta para el Va de reto, desafío literario del blog de JascNet.

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Marvin

 

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Sonaban las campanas de la iglesia marcando mis pasos hacia la casa de los Ludwig. Hacía más de un siglo que estaba deshabitada y no conseguían venderla a causa de la maldición que se decía que pesaba sobre ella. 

Era mi primer caso desde que saliera de la facultad y empezara a trabajar en esa agencia de investigadores de lo paranormal. Mi jefe me había confiado el caso en solitario y yo no podía estar más entregada, pues resultaba que la maldición de los Ludwig era sobradamente conocida en todo el condado; eso me hacía ser consciente de la importante tarea que se me había asignado. 

Cuando sonó la última campana anunciando las nueve de la mañana, llegué hasta la verja de la propiedad. Fruncí el ceño al dirigir mi mirada dentro y ver el aspecto lúgubre y dejado de los alrededores. «¿Cómo quieren venderla en este estado?», me pregunté perpleja.

Empujé la verja y un chirrido acompañó su apertura. Las enredaderas habían anidado en las bisagras y me dificultaron la entrada, pero con un poco más de fuerza de lo habitual, pude con ella. 

Mientras me acercaba a la puerta principal del edificio, intuía el sendero de piedra del suelo que había sido invadido por las malas hierbas; la dejadez del lugar me dejó atónita, una vez más. Toqué al timbre y resonó en el caserón con un eco propio de una catedral. 

La puerta se entreabrió y una voz desde el interior me invitó a pasar. Era Marvin, con quien había hablado por teléfono. Su familia estuvo al servicio de los Ludwig antes de su desaparición. Él mismo me afirmó que tenía pruebas de lo que les había pasado. 

Nos sentamos en la mesa de lo que parecía un salón con paredes desconchadas y ventanas llenas de polvo y telarañas. Las sillas, que estaban cubiertas por sábanas blancas, eran mullidas y con respaldo alto. Aunque no pude apoyar la espalda pues la tensión del momento me lo impidió.

Marvin era la persona viva más cercana a los Ludwig, o la que yo había podido encontrar. Al hablar con él por teléfono me había asegurado que conocía todo lo ocurrido por un diario que su abuela había escrito mientras servía en casa de los Ludwig. Allí relataba muchas cosas. 

Nos habíamos citado en la casa, pues quería aprovechar la ocasión para visitar el lugar de los hechos y a la vez conocer el contenido de ese diario. 

Cuando ya estábamos sentados, me ofreció un café en un vaso de papel de usar y tirar que había comprado de camino. Le agradecí el detalle, aunque yo no bebía café. Por educación no lo rechacé, pero lo dejé enfriar sin siquiera probarlo. 

Saqué mi móvil y encendí la grabadora de voz, pero él me frenó. No quería que nada de lo que dijese saliera a la luz. Le comenté que no era periodista, pero que como investigadora, tarde o temprano, lo que iba a descubrir se sabría. 

Entonces se abalanzó sobre mí sin mediar palabra y me rodeó el cuello con sus manos. La presión que ejerció me dejó sin respiración y empecé a verlo todo borroso. No supe reaccionar, me cogió por sorpresa. 

Caí muerta, asfixiada.

Lo que pude ver a continuación, cuando mi alma se separó de mi cuerpo, fue lo que me reveló la verdad. Allí estaban los espíritus de toda la familia Ludwig; ellos me explicaron, ante mi atónita mirada, lo que les había pasado.  

Marvin me había mentido, ni siquiera se llamaba así, se trataba de John Chapman y era el exmilitar que estaba a cargo de la casa de los Ludwig. Arrastró mi cuerpo inerte hasta el sótano y allí lo arrojó a un foso. Luego lo cubrió de tierra y, finalmente, volvió a colocar los maderos que formaban parte del suelo. 

John no era una persona corriente, sino que se trataba de un demonio inmortal. Pero la familia no lo supo a tiempo. Igual que yo. Después de luchar en varias guerras y cansado de la vida de trincheras, se retiró de los campos de batalla y decidió probar suerte con una vida mundana. Entró a servir en casa de los Ludwig; al principio, todo fue bien, pero pronto empezó a echar de menos la sangre y la destrucción. El odio que atesoraba en su corazón iba creciendo día a día, hasta que no pudo frenarlo más y decidió matarlos a todos. Incluso a su mujer y a su propio hijo de tan solo cuatro años. Se deshizo de los cuerpos en la caldera de la casa y luego se marchó sin ser visto. 

He aquí el secreto de la maldición de los Ludwig, que desaparecieron de un día para otro sin dejar rastro. Ahora ya conocía el enigma, pero jamás podría contárselo a nadie. De hecho, mi desaparición al hacerme cargo del caso, acrecentó todavía más el misterio sin resolver. Y así seguiría por los siglos de los siglos. 


Esta es mi propuesta para el Desafío Literario del blog de Jessica Galera Andreu.

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Lídia Castro Navàs

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