Perséfone

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Cuando Perséfone, la hija de la diosa de las cosechas, fue raptada por el dios del inframundo, todos los campos perdieron su color y las flores empezaron a marchitarse. Hades había conseguido que Deméter entristeciera hasta el punto de que la eterna primavera desapareciera y diera paso a una nueva estación: el otoño; caracterizada por las constantes lluvias, que no eran más que el llanto de una madre desconsolada; y el alegre color verde fue sustituido por el marrón y el ocre, tonos que mostraban el dolor emocional de Deméter. 

Zeus, el rey de los dioses, se preocupó por la supervivencia de los humanos, pues estos dependían de las cosechas. Intervino en el asunto y logró acodar que durante un período de tiempo, Perséfone volvería con su madre, dando lugar de nuevo a la primavera. Cuando volvía con su raptor, la tristeza de Deméter atraía de nuevo al otoño. Y así en un ciclo incansable que garantizaba un frágil equilibrio entre el mundo real y el mundo de las divinidades. 


Esta es mi participación para el reto “Imagena” del blog de Jessica Galera y está basado en su totalidad en uno de los mitos más característicos de la mitología griega.

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Lídia Castro Navàs

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La archicofradía de la antimateria

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La noche por fin había caído en el bosque retorcido de Gryfino, donde los troncos de los árboles se retorcían en terroríficas figuras que hacían aun más temible la oscuridad. Me hallaba en la puerta de su escondite, la cabaña de la bruja Morelia, la responsable de desestabilizar nuestro mundo.

El capataz de mi archicofradía me había expuesto mi misión de forma clara: debía robar las partículas de positrón que Morelia había conseguido del rayo cósmico que atravesó nuestra galaxia hacía un milenio. No podíamos permitir que una simple hechicera pusiera en peligro nuestro mundo conocido al experimentar con la antimateria. 

Pensé en mis hermanos y, después de comprobar que la bruja no se encontraba cerca, me escabullí por la ventana entreabierta de su choza y me puse a buscar las partículas. Mientras husmeaba entre sus tratados, libros de conjuros y botes de contenido dudoso, se encendió una luz. ¡Era Jarek! Un hermano que había pertenecido a mi archicofradía, pero había desaparecido misteriosamente. 

―¡Hermano, estás vivo! ―me acerqué rápido hacia él―. ¿Te retiene la bruja?

―No, estás equivocado ―me frenó con su mano―. Todos los hermanos están equivocados. He sido testigo, la he visto… he visto la unión entre la materia y la antimateria y no ocurre nada de lo que nos han hecho creer, hermano. 

―¿Qué dices? ¡Sabes que experimentar con la antimateria puede hacernos desaparecer a todos!

―No, si controlas la cantidad de las dos para que exista un equilibrio, y lo que sucede es que se abre una puerta, un portal a otro mundo paralelo más evolucionado, donde nada de lo que conocemos tiene importancia, ni siquiera nuestros cuerpos tienen cabida en ese nuevo mundo: solo nuestra energía. La libertad y poder que se sienten son inigualables. 

―Me das miedo, Jarek. ¿Qué te han hecho?

―Nadie me ha hecho nada. Tuve la suerte de coincidir con Morelia y fue ella quien compartió ese conocimiento conmigo. Al principio, no la creí, claro. Pero luego accedí a comprobarlo por mí mismo y es… maravilloso. La archicofradía solo intenta convencernos de que la antimateria es el demonio, pero no es así. Nos evitan evolucionar, mantenernos atados a este mundo que involuciona. 

―Yo… es que… no sé si puedo creerte…

―Puedo mostrártelo, ¿quieres? ―me dijo ofreciéndome su mano―. ¿Confías en mí?

Mil pensamientos me asaltaban. Ni siquiera le contesté. Cogí la mano que me estaba ofreciendo y todo lo que conocía desapareció ante mí, se convirtió en historia.

 

Lídia Castro Navàs

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Esta es mi participación para el desafío literario del blog de Jessica Galera Andreu.


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Clarividencia

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Antes de empezar a hablar, ya señalaba con sus deditos el final de un pasillo vacío o una habitación a oscuras. Su gesto se endurecía y con la mirada te rogaba que le prestaras atención, pero nunca había nada. 

Cuando pudo verbalizarlo, creí que era un juego, un inocente juego de niños…

Tardé un poco en darme cuenta de que no era ningún entretenimiento para ella, sino un don… una maldición. 

Aún recuerdo esa vez que lucía su vestido preferido, estampado con gatitos negros; debían ser las ocho de la tarde y el sol empezaba ya a descender hacia el horizonte; su luz rozaba el suelo y deslumbraba si la mirabas directamente. Salió corriendo al jardín entre sollozos. En su lucha por llamar mi atención, la coleta se le deshizo y la dotó de un aspecto de locura transitoria. Me asusté. 

La seguí hasta allí, temerosa. Me paré justo a sus espaldas y observé lo que parecía una preciosa puesta de sol. Nada frente a mí me decía el porqué de su estado. 

Al momento, se calmó y apaciguaron los espasmos, aunque seguía apretando sus pequeños puños. En su mano izquierda asomaba una piedra. Creí que la iba a lanzar entre sus susurros ininteligibles, pero, en vez de eso, la alzó hacia la luz y recitó unas palabras en un idioma que sonaba a extinto. 

Pronto una luz oscura, que estaba confundida entre las luces y las sombras del paisaje que yo misma tenía frente a mí, se dirigió a la piedra; no era una piedra común, era un cuarzo rosa que su abuela le había regalado después de visitar la feria del condado. 

La luz oscura penetró en el mineral y un destello de luz la hizo desaparecer. 

Luego, el agarre de sus manitas se soltaron, dejaron de apretar sus propios dedos y sus hombros cayeron, como si un gran peso se hubiera liberado de ellos.

—Ya no hará más daño a nadie — dijo sin siquiera girarse. 

Los vellos de la nuca se me erizaron. Jamás volví a dudar de sus “juegos”.


Esta es mi participación en el Desafío literario: Julio “fantascalórico” del blog de Jessica Galera Andreu.

Lídia Castro Navàs

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Erupción

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Todo sucedió en Findom, un pueblecito del este de Inglaterra. Esa noche, sus casas de piedra rodeadas de vegetación temblaron y despertaron a sus inquilinos: un volcán había erupcionado en una lejana isla de Nueva Zelanda, pero su vibración había llegado a través del océano hasta ese recóndito lugar a orillas del mar del  Norte.

Pero hubo otro suceso que quedaría marcado en la memoria de todos los lugareños: Marian, una joven adolescente, desapareció de su habitación; el único rastro que dejó la chica fue su cama deshecha y unas gotas de agua en el suelo que conducían hasta la puerta de su hogar. Sus padres, desesperados ante su ausencia, pidieron ayuda y todo el pueblo salió a buscarla esa misma noche. Recorrieron acres y acres de bosque espeso, pero nada encontraron. Repitieron las batidas todos los días durante meses hasta que las esperanzas de encontrarla se fueron diluyendo como el azúcar en un té caliente…

Han pasado treinta años desde aquel suceso. Los padres de Marian, ya ancianos,aún piensan en ella cuando recorren los bosques y prados de su región; ya no la buscan, pero sigue presente la esperanza en sus corazones, pues ¿cómo unos padres pueden olvidar a una hija?

Lo que todavía hoy desconocen es que su hija era la diosa del agua, camuflada entre los humanos, y esa noche fue requerida para apaciguar al ardiente volcán. Su intervención salvó a millones de personas, pues frenó, no solo su erupción, sino la explosión que se fraguaba en su núcleo y que iba a provocar una reacción en cadena que hubiera acabado con una parte del planeta. Ella dio la vida por todas esas personas, pero jamás nadie lo sabrá.


Esta es mi participación en el Desafío literario En-cadena del blog de Jessica Galera Andreu.

Lídia Castro Navàs

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