KAELI-3028

Portada Kaeli

Unas suaves notas de piano me acompañan junto a las chispas de la soldadura que iluminan mi perímetro. El arnés, dotado de pesos, me proporciona estabilidad bajo el agua y las gafas de cristal negro protegen mis ojos humanos.

Estoy reparando una grieta en una casa al oeste de la burbuja Alfa. El destello de los diminutos átomos de estaño, provocados por el roce con el electrodo, mantiene toda mi atención; me tiene por completo hechizada.

Notas de piano, luz intensa, melodía que inspira, fulgor que hipnotiza… y, de repente… oscuridad.

***

Estoy tumbada en la camilla del túnel de reconocimiento, otra vez. Espero que Yndira, mi supervisora, sepa el porqué de mis desmayos. Ya he perdido la cuenta, pero el de hoy ha sido el segundo esta semana.

Mientras espero, veo los rayos del sol que se reflejan en los espejos y son conducidos por los tubos hasta el interior de la burbuja Alfa, donde yo me encuentro. Esta burbuja está a unos ochenta metros de profundidad bajo el agua y, aunque se encuentra en la zona fótica, solo llega la luz azul, así que fue necesario este ingenioso sistema de iluminación natural para poder prescindir de la electricidad durante el día; eso, si luce el sol allá arriba.

—Kaeli. —Me sorprende la voz de Yndira a través del sistema de comunicación—. Dos minutos más y tendré información suficiente.

—De acuerdo —respondo suspirando.

Kaeli. Ese es mi nombre. Nací en… bueno, yo no nací; fui creada en el LARH (Laboratorio de Reproducción Híbrida). Soy una híbrida: mitad humana, mitad androide. Lo único que me diferencia de la humanidad, aparte de ser estéril, es un corazón y un sistema respiratorio biónicos que aguantan sin problemas bajo el agua. Y aunque mi piel se supone humana, esta ha evolucionado hasta proporcionar un tacto más áspero y brillante, más impermeable y resistente, más cercana a las escamas de un pez que a la dermis de las personas.

Nos crearon con una única función: mantener en buen estado las viviendas-burbuja; todas ellas juntas recuerdan, por su forma, a las conexiones neuronales de un cerebro humano. Soy soldadora subacuática, esa es mi función.

Vivimos bajo el agua desde que se dio el descenso drástico de oxígeno en superficie y por el aumento del nivel de los océanos. Solo queda una porción de tierra allá arriba, a modo de gran isla. Sin rastro de vida animal o vegetal, una gran ínsula yerma.

—Kaeli. —La supervisora vuelve a llamarme y me arranca de mis pensamientos—. Parece que tus sistemas biónicos están bien —dice mientras abre la compuerta del túnel.

—Pero entonces, ¿por qué me desmayo? —pregunto con inquietud.

—No lo sé —responde Yndira casi en un susurro—. Es evidente que hay alguna disfunción en ti que no soy capaz de encontrar. Será mejor que te hagan una revisión completa en la Zero.

—¡No! —exclamo sin poder evitarlo—. No me mandes allí, por favor; las Inteligencias Artificiales (IA) me retendrán de forma indefinida.

Me inquieta que puedan enviarme a la estación espacial Zero para un reconocimiento, sé de híbridos que no han regresado.

—Vale, vale —me calma alzando los brazos—. Conozco a alguien, es médico, quizás él pueda ayudarte… —dice pensativa—. De momento, será mejor que reduzcas las horas de exposición directa al agua.

—De acuerdo —respondo cabizbaja.

—Ve a la superficie; a la cúpula Beta. Allí pregunta por el Dr. Ryo. Daré aviso de tu visita —dice mientras teclea en su pantalla.

***

No me gusta tener que trabajar menos que el resto de mi especie, no me gusta sentirme diferente. Pero no me queda más remedio que obedecer, no quiero tener que mostrar mis debilidades ante una IA; son muy eficientes y les debemos la vida, pero entienden muy poco de emociones humanas.

Yndira me ha aconsejado que suba usando los tubos de ascenso, que no lo haga a nado, por precaución; así que, me dirijo hasta los tubos que suelen usar los pocos humanos que quedan. Se me hace difícil pensar que, antes del colapso de la atmósfera, había millones de ellos poblando el planeta. Mis compañeros más longevos suelen decir que son las personas las verdaderas culpables de lo que ocurrió: por su egoísmo, por su intransigencia, por no cambiar su forma de vida para respetar la del medio ambiente que les daba cobijo… Sea como sea, han pagado un alto precio por su irresponsabilidad: su casi desaparición. La adaptación para vivir bajo el agua ha supuesto una reducción de la natalidad. Su fertilidad se ha visto alterada por la presión. Es por eso por lo que, cuando una pareja quiere reproducirse, necesita un permiso para trasladarse a la cúpula Beta, durante un periodo de tiempo que va de entre diez meses a dos años. Pero, claro, el espacio allá arriba es escaso, con lo que la lista de espera es eterna…

Aparto esos pensamientos de mi mente y me meto en el tubo. Al instante, siento una energía que me aspira a gran velocidad y me traslada hasta el acceso de la cúpula Beta. El hangar, situado al oeste de la cúpula, es desde donde parten las naves hacia las tres estaciones espaciales que orbitan alrededor de la Tierra: Delta, donde se encuentra la base de operaciones de la nueva organización mundial; Epsilon, donde se hacen las predicciones sobre los cambios atmosféricos; y Zeta, que da cabida al nuevo laboratorio, que se construyó después de la explosión de la estación Gamma, donde estaba el LARH.

Aquí arriba, los rayos del sol inciden de lleno sobre la cúpula y me hacen sentir abrumada; hay demasiada luz para mi vista acostumbrada a la penumbra. Eso me obliga a fruncir el ceño y a entrecerrar los ojos. Otra cosa que me incomoda es el ruido; bajo el agua los sonidos quedan amortiguados y son casi imperceptibles. Además, suelo deleitarme con música antigua cuando estoy sumergida. Con todo, me siento incómoda en la superficie; como fuera de lugar.

Voy directa hasta el mostrador donde hay un androide haciendo guardia.

 —El doctor Ryo te espera en el despacho siete —me dice antes de que yo pueda abrir la boca.

—Gracias —le respondo al tiempo que me abre la puerta que tiene custodiada. No me gustan estos androides: te escanean, te ordenan y ni siquiera te saludan. Los prefiero a los humanos, son más eficientes y jamás infringirían una norma o causarían daño porque sí, pero no dejan de ser máquinas.

Las cosas son muy diferentes desde que las IA se convirtieron en la mayoría de la población y decidieron gobernarlo todo. Apostaron en un principio por los híbridos, para suplir la falta de humanos, pero ya no se han creado más. De hecho, yo ostento el honor de ser la última híbrida que se creó. Ahora se están extendiendo los androides; necesitan menos mantenimiento, son más longevos y no sienten emociones. Supongo que eso les facilita las cosas a las pragmáticas IA.

Camino por el largo pasillo que separa esa puerta del despacho número siete. En mi recorrido veo el hangar, que está unido a la cúpula por una pasarela cubierta. Por detrás de las pistas de despegue, intuyo la plataforma que pretendía ser una ciudad flotante, pero que quedó abandonada. Primero fue el ascenso de las aguas, y las personas creyeron que viviendo en casas a modo de barcos solucionarían el inconveniente; pero no. El verdadero problema vino cuando el oxígeno empezó a descender de forma drástica. Solo hubo dos opciones: conquistar el aire o el agua. Mucho más costoso es vivir en una estación espacial o incluso en otro planeta, además, tiene más desventajas; así que se optó por el agua.

—Kaeli —me llama el doctor desde la puerta. Me había quedado abstraída mirando más allá de la cúpula—. Te estaba esperando, soy el doctor Ryo, pasa.

—Hola —le respondo mientras entro en su despacho.

El doctor en cuestión es un humano bastante joven, diría que tiene una edad similar a la mía; sí, los híbridos también crecemos, envejecemos y morimos.

—Yndira me ha explicado lo de tus desmayos —me dice observando lo que supongo que son mis informes en su dispositivo.

—He sufrido varios mareos desde mi creación, hasta que se tornaron en desmayos. Los primeros siempre fueron aislados, pero los dos últimos han sido en menos de una semana.

—¿Qué hacías cuando te desmayaste? Me refiero a si hacías lo mismo cuando ocurrió todas las veces.

—Así es, siempre que me he desmayado ha coincidido que estoy haciendo alguna soldadura; es decir, trabajando.

—¿Tienes algún síntoma previo que te haga saber que vas a desmayarte?

—No exactamente. Ocurre muy rápido. Me siento un poco ahogada y todo se vuelve negro enseguida. —De forma instintiva me he colocado la mano en el pecho y el doctor se me ha quedado mirando pensativo.

 —Tus sistemas biónicos están en orden —dice de nuevo mirando en su tableta.

Se levanta y abre un armario hermético, de donde saca lo que parece una pistola blanca. Me tenso.

—Voy a analizarte la sangre. Solo notarás un pinchazo —me dice para tranquilizarme.

Tenía razón, solo he notado un leve pinchazo. Al instante, ese artilugio empieza a emitir luces y sonidos. Jamás había visto un aparato de esos, es una auténtica reliquia.

—¿Qué significa este tatuaje? —Se interesa al ver el grabado que luce en mi brazo.

—No lo sé, lo llevo desde mi creación —digo levantando los hombros—. Siempre he pensado que son mis números de registro mezclados con letras, pero desconozco el significado.

Parece que mi tatuaje ha captado su atención y no le saca el ojo de encima. Yo, en cambio, estoy más pendiente del analizador de sangre que aún sostiene.

—¿Habías estado fuera del agua alguna otra vez? —me pregunta.

—Sí —respondo intentando hacer memoria—, cuando salí del LARH, en la estación espacial Gamma, pasé un par de días aquí en la cúpula Beta haciendo la adaptación. Después me llevaron a la burbuja Alfa y ya no había vuelto a pisar la superficie. Mi vida está en el agua —digo suspirando.

El aparato empieza a pitar. Ya están los resultados. El doctor les echa un vistazo.

—Parece… que… —dice de forma entrecortada.

—¿Está todo bien? —le pregunto preocupada.

—Tú debes de ser de las últimas creaciones, ¿cuál dices que era tu número de registro? —me responde con otra pregunta haciendo caso omiso a mi demanda.

—Soy la 3028; soy la última, doctor —le revelo sin siquiera pestañear. Me sorprende su interés repentino por mi número y él se queda mudo escrutándome con su mirada.

—No puede ser… —murmura—. Yo era solo un niño cuando la estación Gamma explotó. —Parece que está hablando consigo mismo, aturdido y se le han humedecido los ojos. ¿O es solo un efecto óptico? No estoy segura.

—Lo recuerdo bien; la estación explotó el mismo día en que llegué a la burbuja Alfa, fue un trágico accidente —le digo con pesar.

—Tu creador… Tu creador fue… —tartamudea. Parece que le cuesta hablar.

—El Dr. Marlow. Él fue quien me creó —le digo en un intento por ayudarle. Empiezo a temer que haya algo mal en mi sangre.

—Mi padre… El Dr. Marlow era mi padre —susurra.

—Oh. —Ahora comprendo su reacción emotiva; su padre murió en la explosión del LARH—. Lo siento mucho.

—Gracias. —Baja la mirada—. Perdona, volvamos a ti.

—No pasa nada, lo entiendo —le digo de forma sincera.

Quizás no sea una humana completa y no tenga padres, en el sentido estricto de la palabra, pero soy capaz de ponerme en su lugar. Yo también me sentí apenada cuando supe de su muerte.

El doctor me sonríe tímidamente y me da la espalda por un momento. Creo que intenta retomar el hilo de nuestra conversación anterior.

—¿Mi sangre está bien, doctor? —le insisto.

—Sí, está todo correcto.

No sé por qué razón, pero no le creo. En esos resultados ha visto algo, estoy segura.

—¿Te sientes bien ahora, en la superficie?

—Sí. —No entiendo la pregunta—. La verdad es que me siento muy bien.

—Quiero probar algo, ¿me acompañas?

—Claro —respondo con curiosidad. Quiero ver dónde me lleva todo esto.

Me conduce por el mismo pasillo de antes, pero nos dirigimos a la parte de atrás del hangar. Una vez en el acceso, se pone una máscara de oxígeno y me invita a salir.

—Yo también voy a necesitar una de esas —le pido sorprendida. Mi organismo puede respirar bajo el agua, pero no en una atmósfera sin apenas oxígeno. Me han contado historias de híbridos que quisieron escapar, rebelarse contra su único destino como soldadores subacuáticos y con solo salir a la superficie se asfixiaban en cuestión de segundos.

—Creo que no la necesitas, pero… —me dice de forma enigmática.

—¿Qué? —Empiezo a desconfiar de él.

—Toma. —Me tiende una máscara.

Pienso en Yndira; en ella sí que confío, así que, me pongo la máscara y salimos. El ruido de algunos de los motores me repica en la cabeza. Es muy molesto.

—Lo siento —se disculpa—, no podía explicártelo ahí dentro, hay cámaras de las IA. Este es el único sector que ofrece un ángulo muerto en la vigilancia. Además, el ruido no permitirá que se capte nuestra conversación en caso de ser grabada.

No entiendo de qué está hablando, no me gusta cómo está insinuando que las IA lo vigilan, pero dejo que siga, me siento intrigada.

—Como ya te he dicho, cuando murió mi padre, yo solo era un niño; pero de mayor tuve la necesidad de saber qué ocurrió en la Gamma. Fue entonces cuando descubrí algo. —El doctor para en seco su discurso y tengo que admitir que ha despertado mi curiosidad más si cabe—. El caso es que mi padre no murió en un accidente… lo asesinaron; lo mataron para silenciarlo y borrar todas las pruebas de sus nuevas investigaciones respecto a los híbridos.

—¡¿Qué?! —No he podido acallar mi asombro—. ¿Cómo estás tan seguro de eso?

—Mi padre me solía leer un libro de cuentos por la noche. Yo era pequeño, así que no recuerdo bien las historias, eran solo cuentos para hacerme dormir. Pero ese libro fue lo único que me quedó de él y, cuando murió, lo guardé como un tesoro. Hace un tiempo comprobé que no es un libro común: está escrito de su puño y letra. Y, aunque lo parezca, no son cuentos lo que contiene, sino teorías, anotaciones y resultados de investigaciones que mi padre hizo en sus últimos meses de vida: habla de un mundo en el que vuelve a haber oxígeno, de híbridos diferentes, con capacidades nuevas…

—¿Híbridos diferentes? ¿Qué capacidades?

—No lo sabía con seguridad, pero llevo algunos años estudiando sus apuntes. Mi padre ideó un híbrido capaz de generar oxígeno, a modo de árbol que no necesita plantarse. Su intención era crear una gran comunidad de ellos, para que la Tierra volviera a gozar de una atmósfera respirable y poder construir esas ciudades flotantes que se quedaron en nada —dice señalando la plataforma abandonada.

—Y lo mataron por eso… —afirmo absorta por su relato.

—Exacto. Las IA ya gobernaban la Tierra y no querían que la humanidad prosperase de nuevo, por eso lo mataron e hicieron desaparecer sus estudios. Pero…

—¿Pero…? —le incito sobresaltada a que continúe.

—Pues que creía que mi padre no había conseguido poner en práctica su idea, pero ahora sé que sí —dice mientras me mira fijamente.

—¿Qué…?

—Tú —responde señalándome.

—¿Yo?

—Sí, tú. Tú no eres como los demás híbridos. Eres… diferente. Tienes la capacidad de generar oxígeno, de ahí tus mareos bajo el agua. El oxígeno se acumula en tu interior y no puede ser liberado mientras estás sumergida, por eso no has tenido mareos en la zona estanca o en la superficie. Además, el análisis me ha confirmado que tus niveles de oxígeno en sangre son exageradamente altos.

Estoy atónita. Aunque lo que dice parece tener sentido, no acabo de creerlo.

—Por eso quería que salieras sin máscara, para demostrártelo. Quítatela y lo verás.

Mi mente, de forma veloz, empieza a hacer conjeturas: ¿me dice la verdad?, ¿me quito la máscara?, ¿moriré asfixiada?, ¿tendrá Ryo algún interés en que muera? Ni siquiera me conoce… ¿por qué querría matarme? Además, desconfía de las IA, cosa que me hace replantear ciertas ideas preconcebidas.

Demasiadas preguntas. Demasiadas incógnitas. En un arrebato de impulsividad me arranco la máscara y cierro los ojos. Por un momento, aguanto la respiración de forma instintiva, pero, poco a poco, voy inhalando; y entonces… Nada.

—No estoy muerta —digo a la vez que vuelvo a abrir los ojos.

—Estaba seguro de ello —afirma sonriente—. Ahora ya sabemos que, no solo eres la última híbrida en salir del LARH, sino que, además, eres la primera Oxy; la primera en generar oxígeno —añade—. Así es como mi padre te llamó en sus apuntes.

—Oxy —repito atónita—. Vaya…

—De hecho, creo que…

El doctor me sorprende cuando, sin esperarlo, se quita la máscara.

—Pero ¿qué haces? —le recrimino.

—Según las teorías de mi padre, un Oxy es capaz de abastecer oxígeno a seis metros a su alrededor —responde expectante—. Todo aquel que se encuentre dentro de su radio de acción no necesitará máscara.

—¡Wow! —me asombro al ver que nada le sucede—. Si hubiera más como yo…

—Exacto —me interrumpe—. Si hubiera más como tú, podríamos repoblar la superficie y no necesitaríamos vivir bajo el agua.

—¿Y ahora qué? —Me doy cuenta de que esto lo cambia todo.

—Mucha precaución. Debemos evitar que las IA sepan de tu existencia o… —Se calla de golpe, pero sé a qué se refiere.

—Tú tienes todos los datos, podrías crear a otros Oxy, ¿no?

—No es tan sencillo. Yo soy médico, no científico. Además, todos los instrumentos necesarios para eso están en la Zero.

—Tendremos que ir allí arriba… —Pienso en voz alta al tiempo que levanto la mirada al cielo. Ryo me imita.

—Creo que podría dar con más información sobre las investigaciones de mi padre —dice pensativo.

—¿No se destruyó todo en la explosión?

—Supuestamente, sí; pero, por lo que sé, los ordenadores de las tres estaciones están conectados entre sí y hacen copias de seguridad de todo. Tuvo que quedar registro de tu creación y del momento de la explosión. —Se calla por un momento—. Siempre he querido investigar más, pero lo descartaba al pensar que me exponía demasiado y quizás por nada. Pero ahora es diferente, sé que puedo cambiar el curso de la historia de la humanidad.

—¡Decidido! —exclamo con ímpetu—. Nos vamos a la Zero.

»¿Sabes pilotar? —le pregunto rauda—. Mi instrucción como soldadora no incluía conducir ningún tipo de vehículo. —Hago una mueca de disgusto.

—Eso no será un problema, pero… ¿de verdad quieres hacer esto?

—Sí, no tengo nada que perder y mucho por ofrecer. —Mi concepto de las personas y de las IA está cambiando al saber que tengo un don único otorgado por un humano que se sacrificó por un bien común.

—Está bien, pero antes tendremos que preparar una estrategia y pedir algunos favores —me dice Ryo haciéndome un guiño.

***

No tenemos problemas para llegar a la Zero, el doctor tiene acceso gracias a sus credenciales. Y mis desmayos son la excusa perfecta para hacer uso de los sistemas de reconocimiento de las IA. El problema es que no estamos solos, se nos asigna una IA desde nuestra llegada, que nos sigue como si fuera nuestra sombra.

En cuanto pongo los pies en esos pasillos metálicos, dotados de gravedad artificial, me abordan mis primeros recuerdos. Aquí me crearon; aquí es donde “nací”.

El doctor opta por hacerme un escaneado completo y no tarda más de veinte minutos. Pasado ese tiempo, le pide a la IA que nos acompaña su opinión para valorar los resultados; para hacerlo, me dejan sola en la sala y ellos se van a un despacho contiguo. Es mi momento. Me he empapado los planos que me proporcionó Ryo y conozco los conductos de ventilación. Esos serán los que me lleven hasta los ordenadores centrales de la Zero que, aunque es una estación espacial nueva, comparte servidores y copias de seguridad con las otras dos.

Accedo sin problemas y gateo por el tubo. Paso una rejilla, dos, tres; ahora hay una bifurcación, voy hacia la derecha; otra rejilla, otra y, después, un recodo hacia la izquierda. Creo que es la rejilla que tengo justo debajo. Consigo desatornillarla y compruebo que no hay nadie. Parece que la suerte está de mi lado.

Vale, estoy dentro. Mis conocimientos informáticos son los justos para entrar y buscar en su base de datos; suficientes para encontrar las referencias a la Gamma y volcarlas en el dispositivo de almacenamiento que traigo conmigo. Voy directa al teclado encastado en la pared e introduzco los parámetros que Ryo consiguió. ¡Bien, tengo acceso! Tecleo G-A-M-M-A y empiezan a surgir archivos, uno detrás de otro, que se suceden hasta llenar todo el monitor y más allá. Hay mucha información, más de la que cabría esperar. Doy la orden de copiar todo a mi memoria externa y… empieza a sonar una alarma. ¡No! Todavía no he copiado ni la mitad. El plan se ha adelantado…

Oigo pasos, voces y escucho cómo las puertas se bloquean. Forma parte del sistema de seguridad que ha hecho saltar nuestra cómplice, aunque lo ha hecho antes del tiempo acordado. Se supone que la alarma debía saltar a mi regreso a la sala de reconocimiento. Esto altera nuestros planes iniciales.

La carga se ha completado. Extraigo el dispositivo y me deslizo de nuevo por el conducto de respiración. Regreso lo más rápido que puedo a la sala donde estaba. Por el tubo corre un aire helado que me estremece entera. Esa es otra de las medidas antiincendios que se ha activado con la alarma. Llego al cuarto, coloco la rejilla y me siento en la camilla aún con el pulso alterado. No sé exactamente qué debo hacer. Esperar, supongo. Ahora tendrá que ser Ryo quien me saque de aquí para volver a la superficie. Pero… no puedo soportar estar encerrada, así que busco una forma de salir. Entonces, la alarma cesa de improviso y se desbloquea la puerta. Tras ella aparecen Ryo y la IA.

—¿Qué ha pasado? —pregunto intentando parecer lo más asustada posible.

—Una híbrida ha hecho saltar la alarma de incendios —dice Ryo.

—Pero ya ha sido detenida —añade la IA.

Vaya, ese no era el plan. Me lamento en silencio y contengo las ganas de llorar al pensar en Yndira. ¿Qué le pasará?

—Continuaremos tu reconocimiento en la superficie. —El doctor me señala la puerta para irnos.

—¿Y el escáner? —pregunto para despistar.

—Ha salido todo correcto —responde la IA—. Unos días de reposo y podrás volver a tus soldaduras.

Con la facilidad con la que llegamos, nos vamos de la Zero. Aún no me creo que haya sido tan fácil, aunque hemos sacrificado a una compañera para conseguirlo. No puedo dejar de pensar qué será de Yndira ahora.

***

Llevamos tres días y sus correspondientes noches analizando cada archivo, cada imagen, cada vídeo… Los datos que hemos obtenido contienen mucha información del LARH. El Dr. Marlow hizo muy bien su trabajo. En las grabaciones de seguridad nada parece salir de lo normal. Incluso en el diario de mi creación no hay ni un solo procedimiento diferente al resto. Lo dispuso todo para que pareciera que era una híbrida más. Incluso tuvo en cuenta que en mis escaneos siempre saliera todo correcto. Muy listo. Sabía que las IA no suelen hacer análisis de sangre, al ser un método ya obsoleto, y que confían ciegamente en sus escáneres para hacer los reconocimientos.

—Aquí no hay nada —me sobresalta Ryo con su negatividad repentina.

—Aún no hemos revisado todo.

—Da igual, no encontraremos nada. Mi padre se propuso no dejar rastro y lo consiguió —dice apesadumbrado.

—Pero algo tiene que haber… —No quiero dejarme llevar por el desánimo—. ¿Para qué crear un prototipo de algo que puede cambiar el mundo, jugarte la vida, y que no sirva de nada? No tiene sentido… ¿Para qué te dejó el libro si no quería que tú continuaras su labor?

Ryo alza la mirada, que había clavado en el suelo, y me mira con los ojos abiertos al extremo. Se levanta sin articular palabra y desaparece. Cuando vuelve, lo hace con un libro entre sus manos.

—El último “cuento” que aparece en el libro, termina con una frase encriptada. Jamás he sabido qué significa —me dice mientras me tiende el libro abierto.

—“Si los quieres replicar, el código deberás usar”. —Leo en voz alta—. Está claro que lo de replicar va por mí, por los híbridos Oxy, pero ¿cuál es el código?

—Esa frase tiene algo más de sentido ahora, desde que te conozco, pero sigo sin saber cuál es el código.

—Está bien, pensemos… —Me acabo de proponer descifrar este enigma—. ¿Qué tal si es una fecha?

—Sí, podría ser. —Parece algo más animado—. Pero otra cosa es ¿dónde introduzco este código?

—Mmm, es cierto.

Se hace un silencio en el que los dos estamos mirando a la nada intentando hallar una respuesta.

—¿Y si no tienes que introducirlo en ningún sitio? —propongo al rato—. Quiero decir que, quizás es…

—Una localización —me interrumpe—. ¡Eso es! —Se levanta de un salto y me coge del brazo—. Esto no es un tatuaje, es un mensaje para mí. ¡Son coordenadas!

Sus ojos brillan de nuevo con una ilusión renovada mientras busca su dispositivo para comprobar esa teoría.

—Veamos, los números son los grados y las letras los puntos cardinales, así pues… —Está tan alterado que habla solo sin soltar mi brazo—. Así pues, las coordenadas son: 30º al Norte y 28º al Este.

Introduce esas coordenadas y en seguida aparece un punto parpadeante en el mapa.

—Está cerca de aquí —digo con asombro.

—Eso parece. Vamos a ver dónde nos lleva.

Seguimos la dirección que marca el dispositivo y nos lleva al exterior de la cúpula, justo al lado de la plataforma abandonada que se va meciendo al vaivén del agua.

—Aquí no hay nada —se lamenta—. Quizás no son coordenadas…

—Espera —le pido mientras observo el entorno.

Tenemos el hangar a nuestra derecha; la plataforma abandonada, ahí enfrente; la cúpula, a nuestras espaldas; y lo que parece un montículo de tierra recubierto de matojos secos, que es lo único vegetal que se puede encontrar en la superficie, a nuestra izquierda.

—¿Y si fuera este punto, pero subterráneo? —digo entonces.

—¿Bajo tierra? —pregunta con ciertas dudas.

—Sí, ¿por qué no?

Entonces, me acerco por instinto al montículo de tierra y empiezo a arrancar con las manos los ásperos matojos. Y, sin esperarlo, me topo con una trampilla de madera que estaba enterrada a pocos centímetros bajo la tierra árida.

—No puede ser… —murmura Ryo.

Abro la trampilla y vislumbro unas rudimentarias escaleras excavadas directamente en la roca. No me lo pienso dos veces, me deslizo por ellas hasta que la tierra me “traga” por completo. Ryo me sigue sin pronunciar palabra. La emoción es demasiado grande.

Abajo, el ambiente está cargado, pero mi capacidad para generar oxígeno, pronto nos ayuda a respirar mejor. Ryo usa su dispositivo para iluminar lo que nos rodea: cajas de madera, contenedores metálicos y unos plásticos que recubren algo. Abro una caja y me encuentro con libretas, planos y demás papeles escritos todos a mano.

—Es la caligrafía de mi padre —afirma Ryo con emoción contenida.

—Aquí hay utensilios de laboratorio —digo al abrir uno de los contenedores metálicos.

Finalmente, me acerco a los plásticos que han adquirido un tono polvoriento con el paso de los años. En cuanto levanto uno de ellos, no doy crédito a lo que ven mis ojos.

—¡Es un híbrido! —exclamo—. ¡Y hay más!

Carcasas de híbridos a los que solo falta insuflar vida. Cada uno luce un código en su brazo: 3029, 3030, 3031, 3032 y 3033.

—Parece que mi padre empezó a crear más Oxy, pero debió intuir el peligro que suponían sus nuevas investigaciones y lo trasladó todo aquí. Lo planeó minuciosamente, esperando a que algún día yo llegase a interpretar su diario, encontrara esta guarida y continuase su trabajo.

Los ojos de Ryo se tornan vidriosos y yo no puedo evitar que me invada la misma emoción. Empiezo a llorar. Él se da cuenta, se acerca y me abraza.

Ya llegará el momento de pensar en cómo hacer frente a las IA; ahora debemos centrar nuestros esfuerzos en dar vida a estos híbridos Oxy y crear más.

Este laboratorio clandestino significa algo muy grande: ESPERANZA. Esperanza de una vida mejor, de un nuevo futuro para los humanos y los híbridos en la superficie.

FIN

Estos son los dibujos que una alumna hizo inspirándose en los protagonistas, después de leer el relato. Gracias, Ari. Podéis ver sus creaciones en su Instagram.

Lídia Castro Navàs

 

Este relato está debidamente registrado en SafeCreative

35 pensamientos en “KAELI-3028

  1. Uau, buenísimo. Me ha gustado mucho, muchísimo. Me ha enganchado y no he podido parar (pese a que he hecho dos parones forzosos, pero he vuelto). No te lo digo para hacerte la pelota: creo que este relato no tiene nada que envidiar a un Asimov, por ejemplo. No solo es toda la ambientación futurista y ese mundo distópico, sino el suspense y la emoción que le pones a todo el relato. Por ejemplo, cuando se cuelan en la Zero y copian los archivos. Lo encuentro muy cinematográfico, también muy lograda la atmósfera de opresión (real y psicológica) de la constante vigilancia de las IA, que sin duda son una amenaza).
    Sobre estos escenarios de futuro y un mundo distópico, con la humanidad destrozando el planeta, podríamos hablar mucho, por desgracia creo que se avanza hacia escenarios parecidos, sino peores, de destrucción total del medio ambiente, etc.
    Dos cosas… adiviné la relación del código con el tatuaje, fue una corazonada.
    Y dos… creo que tienes un error, que se te colaron unas comillas cuando creo que debería ir una raya larga. Cuando abres el diálogo y dice ella…
    »¿Sabes pilotar?
    Bye bye.

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    • ¡¡Muchas gracias!! Me alegra que te haya gustado 🙂
      Por lo de los números, has estado atento y lo has descubierto antes, ¡¡bien hecho!! 😉
      Lo de las comillas es correcto. Se usan cuando quien habla es el mismo personaje, pero hace una pausa entre intervención e intervención 😉
      (es lo que tiene tener que aprender a puntuar diálogos. Es mucho más difícil de lo que en realidad parece), pero gracias por el aviso, me gusta corregir los errores 🙂

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      • Ah, pues no, no había caído en la cuenta, y nunca mejor dicho. Es que tu alusión a los números en tu respuesta me ha dejado intrigado, y he repasado los elementos. Ahora lo he visto: bautizarla como Kaeli-3028, después las numeraciones correlativas de las carcasas que encuentran. Ni me había fijado. Y encima usas el 30 y el 28 para dar las coordenadas geográficas. Muy listos los dos (Marlow y Lídia). Muy bien ligado todo.
        Simplemente dije “corazonada” porque intuí que tras el tatuaje debía esconderse algún significado oculto, que había sorpresa, o un código, pero no tenía por qué ser estrictamente numérico. En un mundo tan calculado y en parte cibernético, ese tatuaje tenía que esconder algo imprevisible…

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  2. Verdaderamente bueno, una historia muy bien llevada, unos personajes atractivos para el lector y una lectura amena e intrigante. En efecto es un relato de esperanza a través de los híbridos Oxy con Ryo y Kaeli como eje central y cómplices. Muy bien estructurado. De veras Lidia, me ha encantado. Enhorabuena por tu texto. Una abraçada.

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  3. Lidia!! Qué historia más bonita!!! Me ha encantado!! Y, como suele ser habitual, se lee tan fácil, tan ameno… Da gusto ^^
    Y la verdad es que da qué pensar. Ojalá no lleguemos nunca a necesitar de esta manera las IA, que luego mira lo que pasa 😉 jeje
    Un beso guapa!

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  4. ¡Qué maravilla! tu facilidad para escribir y para crear esos ambientes futuristas y ese suspense me tienen atrapada. Me parece extraño que no te hayan seleccionado, el relato me parece buenísimo y adictivo. Espero que nunca tengamos que pasar por esa situación, pero los humanos somos tan destructivos que todo puede suceder.
    Un abrazo

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