Consejo al amanecer

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La luz dorada del sol naciente bañaba todo el campo a mi alrededor. Incluso el cielo parecía de oro y no mostraba su típica tonalidad azul. El parque, lleno de vegetación, rebosaba de vida, aunque ni una sola persona deambulaba por ahí a esas tempranas horas. Un camino adoquinado rodeado de verde hierba pasaba frente a un banco metálico, inerte e inalterable ante la maravilla que yo estaba observando y que tanto me emocionaba. Siempre he tenido el anhelo de que alguien se siente a mi lado a observar el fantástico amanecer… Pero nunca he visto cumplidos mis deseos. Me siento privilegiado de haber nacido en esta latitud y disfrutar de tal calidad de vida. Soy feliz aquí y tengo todo lo que necesito. Además, aunque quisiera, no podría irme, pues mis fuertes raíces me lo impiden; no me refiero a raíces familiares, sino a esa parte de mí que me ayuda alimentarme. Envidio a los humanos porque cuando sienten el impulso pueden abandonar su sitio, marcharse… Sé que algunos de ellos, sin tener raíces como yo, también se sientan anclados a un lugar e incluso puede que les sea imposible moverse, por sus miedos, sus condiciones, por el peso de su sistema… Pero realmente pueden hacerlo. Yo no. Yo nací aquí y moriré aquí. 

Mi consejo para esos humanos que se resisten a moverse aun sintiendo que deben hacerlo, porque están en una encrucijada en sus vidas y su felicidad depende de ello, les diría: ¡Muévete, no eres un árbol!


Esta es mi propuesta para el Va de reto, desafío literario del blog de JascNet.

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Lídia Castro Navàs

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Padme

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Padme, Milo, sense Chan y Cara

Padme era una joven de piel de chocolate que entrenaba todos los días para ser la mejor guardiana de la luz de toda la galaxia. Los senderos de la lucha empezaban a no ser desconocidos para ella, aunque se dejaba llevar por el miedo cuando aparecía en su campo energético el recuerdo de su anterior entrenador: Milo. 

Milo era un fabuloso guardián de facciones duras y músculos marcados; tenía un gran atractivo para las chicas aprendices como ella. Pero todo lo que parecía bueno en él, lo tenía de malvado. 

Un año antes, Milo había seducido a una jovencita proveniente de las llanuras del norte: Cara. Pelirroja y muy blanca de piel, con la que Padme había conectado desde su llegada a la academia. Cuando empezó a tontear con el entrenador, Padme envidió a Cara más de lo que su instrucción le permitía, pero no intervino. Poco después la chica desapareció dejando una carta de despedida donde decía que Milo le había roto el corazón. Pero Padme no tardó en descubrir que había sido un montaje, pues Milo la había matado en un ataque de celos. Ella destapó el asunto y el entrenador fue expulsado de la academia y condenado al ostracismo, pero antes de irse lanzó una amenaza sobre Padme. Desde entonces, la chica no podía conciliar el sueño ni seguir con la instrucción de forma habitual, aunque se esforzaba por recuperar la normalidad. 

***

Llovía a cántaros cuando la joven salió hacia el templo bien temprano. Todavía no había amanecido, pero era la hora de la meditación con el sensei Chan, quien le enseñaba a controlar sus emociones. Cuando llegó, la puerta del sacro lugar estaba entreabierta y dentro un reguero de sangre la condujo hasta el cuerpo sin vida del sensei, que reposaba sobre las duras losas de piedra del suelo. A su lado había un paraguas, que camuflaba una katana en su interior y que había sido el arma con la que habían arrebatado su vida. En cuanto Padme vio la empuñadura de la katana, con cuero trenzado de forma especial, supo que era de Milo y que faltaba una, pues siempre iba armado con dos katanas mellizas. 

Sintió el miedo recorrer su espinazo y en un rápido reflejo desenvainó el puñal que llevaba en la cintura. Un fuerte impacto por la espalda y la calidez de su propia sangre saliendo a borbotones la sorprendió. Milo la había atravesado con la segunda katana sin que ella tuviera tiempo de reaccionar. Padme cayó de rodillas llevándose las manos al abdomen. 

Milo dibujó una sonrisa en su rostro viéndose triunfador al cumplir su amenaza, pero en un movimiento inesperado y veloz, Padme se puso en pie, giró sobre sí misma y le clavó el puñal a Milo en el cuello, justo en la yugular. Los dos se desplomaron en el suelo al unísono, mezclando su sangre con la del monje. 

El último pensamiento de Padme fue que, aunque ya no sería una guardiana, había vengado a su amiga antes de morir y que el monstruo de Milo ya no volvería a matar a nadie más.


Esta es mi propuesta para el Desafío Literario del blog de Jessica Galera Andreu. Mi objeto era un paraguas.

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Carta a la reina

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Ciudad Onírica. Universo Destiny.

Querida Mara:

Te escribo desde el litoral de la ciudad Onírica. En este idílico lugar aguardo tu regreso, aunque siempre alerta, pues los poseídos acechan en cada esquina. Atrás quedaron las heridas que Drevis, la baronesa de los lobos, provocó en mí al matar a mis hermanas. Pero tú me acogiste y me delegaste una tarea, con la que arrojaste luz sobre la oscuridad que se cernía sobre mí desde entonces. A ti te debo el salir de las tinieblas y volver a recuperar la fuerza para hacer frente al mal que atenaza nuestra galaxia. Confiaste en mí, incluso después de que el Orador, Ikora y la ciudad entera me condenaran al ostracismo; temieron que me pasara lo mismo que a Eris. Todo fue por mi terco orgullo, que me llevó a cometer un error imperdonable: la vida de esos guardianes y de sus espectros se perdió por mi culpa, solo mía. Ya la asumí, pero el camino tomado no era el correcto, pues me dejé llevar por la ira. Gracias a tu guía recuperé la senda, el coraje y la seguridad en mí misma.

De ahí que tu marcha supusiera una dura prueba a mi lealtad por ti. Dudé de tu propósito, incluso falté a mi palabra cuando casi abandono la lucha y olvido mi misión vital. 

¡Oh, reina de los insomnes! Ahora comprendo parte de esa dura prueba que me fue encomendada; con cada desafío ascendente superado he entendido tu mensaje: pretendías que mi fe en el combate se fortaleciera y confiara en el proceso, sin tener en cuenta las derrotas, las caídas, el dolor, las heridas recibidas…

Sigo esperando tu vuelta, pero ahora no dudo de que lo harás cuando sea el momento; ni antes ni después. Mi experiencia de corsaria me ha ayudado a soportar tu ausencia y a no desistir. Sé que volverás, solo cuando mi alma y la tuya vibren en la misma sintonía regresarás de la oscuridad y traerás contigo el equilibrio entre el mundo de la realidad y de la ascendencia. Hasta entonces, seguiré luchando, levantando bien alto el blasón de mi estirpe y la insignia de tu trono. 

 

Tu fiel servidora,

Petra Venj


Pedro, un buen amigo virtual, se ha comprado un calendario del 2020 de Destiny (el videojuego al que dedicamos parte de nuestro tiempo) y me ha retado a escribir un relato inspirándome en cada personaje que aparece en dicho calendario. El mes de enero está dedicado a Petra Venj y esta es la foto que Pedro me mandó el día 1:

Petra

 

Lídia Castro Navàs

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El encargo

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“Era una noche tan fría que hasta los árboles tiritaban. Ningún animal se atrevía a salir de su guarida y las blancas calles dormían totalmente desiertas. Las chimeneas escupían convulsivamente las sobras de las casas y los cristales empañados de las ventanas impedían ver el interior de las familias.

Esa noche tenía un trabajo que realizar y nada ni nadie en el mundo me impediría ejercer mi encargo. Tal vez fuera la última vez en mi vida, pero, ni el clima más despiadado ni el deseo por el calor de mi dulce hogar me harían desistir en mi cometido.

Volví a comprobar mi puñal, la cuerda y mi ansiedad, y sin más demora, me adentré en el pueblo…

Las calles estaban desiertas, como era de esperar. El frío arreciaba, así que me ajusté el abrigo al cuello y aceleré el paso para entrar en calor. Cuando vi a lo lejos mi objetivo: el bosque, me eché la cuerda al hombro y empuñé el cuchillo. Aunque no lo iba a necesitar hasta más adelante, por eso lo guardé en el bolsillo. Mis dedos se encontraron con un par de monedas que observé con curiosidad, pues su extraño dibujo atrajo mi atención. Parecía un dios hindú de seis brazos a lomos de un tigre. Sin duda serían de uno de mis viajes por oriente y quedarían allí olvidadas. Las devolví al bolsillo y me aferré al tronco de un pino, seguramente centenario. Lo trepé, no sin dificultad y, una vez a buena altura me senté en una rama segura, saqué el puñal de nuevo y lo clavé en la base del muérdago hasta que se desprendió; luego lo até a la cuerda y lo bajé hasta el suelo con cuidado, pues no quería que se desprendieran las bolitas. 

Volví a casa con la misión cumplida: había obtenido el único motivo decorativo que nos faltaba. ¡No podíamos celebrar la Navidad sin el muérdago colgado del quicio de la entrada!


Esta es mi propuesta para el Va de reto, desafío literario del blog de JascNet.

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Invitación

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Los golpes en la puerta vuelven a sonar, el señor Elliot ahora está seguro de ello. Se levanta con dificultad, deja el plato con los restos del asado en la mesa del comedor y se dirige a la puerta junto a Labo, su fiel perro. Cuando la abre, su expresión cambia y queda petrificado, como la figura que tiene enfrente. Aunque esta no levanta más de un metro del suelo, su aspecto grotesco y espeluznante, hace que Labo gima y corra a esconderse bajo la cama. 

—Buenas noches, ¿es usted el señor Elliot?

—Sí, soy yo, ¿quién lo pregunta? 

—Disculpe, soy Le-Duc y le traigo una invitación de Notre Dame.

—¿Notre Dame? ¿La catedral?

—Sí, la misma. El señor Cuasimodo le invita a usted y a su perro a pasar la Navidad allí. 

—Pero…

—Cada año por estas fechas, el señor escoge a personas anónimas y que van a pasar las fiestas solas, para invitarlas y así regalarles su compañía. 

—Vaya… 

—Él sabe muy bien lo que es estar solo y da gracias al cielo por tenernos a nosotras, las gárgolas, para no sentirse así. Y quiere compartirlo con alguien en estos días tan especiales. 

—¡Pues qué sorpresa!

Ante la inesperada invitación, el señor Elliot no se lo piensa dos veces; su difunta esposa siempre quiso visitar París, no iba a desaprovechar esa oportunidad. Prepara un equipaje de mano, ata a Labo con su correa y coge la bailarina de porcelana; «Algún presente tendré que hacerle al generoso Cuasimodo», piensa para sí. Le da la mano a la gárgola que lo espera en la entrada y, después de un chasquido, desaparecen dejando un rastro de humo. Sin duda, estas serán unas Navidades inolvidables para el señor Elliot.


Esta es mi propuesta para el Desafío Literario del blog de Jessica Galera Andreu.

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Cumpleaños al pasado

Mi primer hijo cumplía 5 años y toda la familia se empecinó en que lo mejor era ir a un centro de esos donde hay grandes construcciones de gomaespuma, redes protectoras y piscinas de bolas de colores. 

Yo odiaba esos sitios por la masificación y el ruido que se formaba al coincidir varios cumpleaños a la vez, pero ¿cómo negarse? 

Acabé por sucumbir a tal martirio. 

El día esperado, y después de que los niños devoraran cual jauría toda la merienda con un único ingrediente en común: el azúcar, se dispusieron a zambullirse en los juegos de esa selva acolchada. En un momento dado, mi hijo desapareció víctima de una avalancha de enanos salvajes en la piscina de bolas. Como cualquier padre haría, intenté parecer despistado y hacer caso omiso a las advertencias de mi suegra que me impelían a meterme en esa trampa mortal en busca de mi primogénito. 

Al final, volví a sucumbir, dejando patente mi falta de personalidad y carácter impávido. Sostuve la respiración antes de sumergirme en esa pestilente alberca llena de renacuajos, pero pisé algo de forma redondeada. ¿Qué sería? ¿Una bola, quizás? ¡Había miles! ¿Qué podía ser sino? Mi equilibrio se perdió hasta llegar al firme suelo donde me propiné un golpe seco. Perdí la visión no antes de ver que había sido una manzana lo que había pisado. 

De repente, los gritos malévolos de niños fuera de sí, me hicieron recuperar el sentido. Cuando abrí los ojos, el polvoriento terreno sobre el que me encontraba brillaba por los rayos del sol que lo bañaban. ¿Dónde estaba? Parecía el patio de mi antiguo colegio. 

Vi a un chico tirado no muy lejos de mí, se levantaba con dificultad y se acercaba a las gafas de pasta marrón que estaban tiradas más allá; se las puso y miró alrededor, colocándose de cara a mí. Lo observé y me llamó la atención su atuendo: iba vestido con un chaleco de color mostaza sobre una camisa a cuadros y un pantalón de pana beige. Me vinieron a la memoria unas fotos de mí mismo allá por el año ‘83, cuando cursaba sexto curso de la EGB.

¡Era yo! Mi yo del pasado. Me acordé de que en esos años me solían gastar “bromas” en el recreo que siempre terminaban conmigo en el suelo y mis gafas irrompibles lejos de mí. 

A mi alrededor no había nada de plástico, todo era tierra, piedra y metal oxidado. Estaba claro, o bien estaba en una alucinación a causa de la caída de hacía un momento, o bien el golpe me había trasladado de forma mágica a mi pasado. No lo sabía con certeza y tampoco sabía cuándo iba a despertar de ese “sueño”, pero si realmente se me daba una segunda oportunidad de encauzar mi vida, no la iba a desaprovechar. 

Me hice con un papel y un lápiz de unas niñas con trenzas que no me sacaron el ojo de encima entre risas y apunté lo siguiente: “No celebrar jamás una fiesta de cumpleaños en un chiquipark” y “Hacer un curso de defensa personal y autoestima”.

De nuevo, todo a mi alrededor se difuminó hasta desaparecer. 

Volví a mi realidad y vi que se acercaba una figura: era mi suegra, que me ofrecía un mojito con una sombrillita y me sonreía. Yo estaba reclinado sobre una tumbona de rayas mirando a las transparentes aguas de un mar sereno; más allá, la música sonaba mientras unos niños bailaban y construían castillos en la fina y blanca arena de esa paradisíaca playa. Acepté la bebida y le devolví la sonrisa.

No sabía cómo, pero ¡había funcionado!  


Esta es mi propuesta para el Va de reto, desafío literario del blog de JascNet.

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Marvin

 

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Sonaban las campanas de la iglesia marcando mis pasos hacia la casa de los Ludwig. Hacía más de un siglo que estaba deshabitada y no conseguían venderla a causa de la maldición que se decía que pesaba sobre ella. 

Era mi primer caso desde que saliera de la facultad y empezara a trabajar en esa agencia de investigadores de lo paranormal. Mi jefe me había confiado el caso en solitario y yo no podía estar más entregada, pues resultaba que la maldición de los Ludwig era sobradamente conocida en todo el condado; eso me hacía ser consciente de la importante tarea que se me había asignado. 

Cuando sonó la última campana anunciando las nueve de la mañana, llegué hasta la verja de la propiedad. Fruncí el ceño al dirigir mi mirada dentro y ver el aspecto lúgubre y dejado de los alrededores. «¿Cómo quieren venderla en este estado?», me pregunté perpleja.

Empujé la verja y un chirrido acompañó su apertura. Las enredaderas habían anidado en las bisagras y me dificultaron la entrada, pero con un poco más de fuerza de lo habitual, pude con ella. 

Mientras me acercaba a la puerta principal del edificio, intuía el sendero de piedra del suelo que había sido invadido por las malas hierbas; la dejadez del lugar me dejó atónita, una vez más. Toqué al timbre y resonó en el caserón con un eco propio de una catedral. 

La puerta se entreabrió y una voz desde el interior me invitó a pasar. Era Marvin, con quien había hablado por teléfono. Su familia estuvo al servicio de los Ludwig antes de su desaparición. Él mismo me afirmó que tenía pruebas de lo que les había pasado. 

Nos sentamos en la mesa de lo que parecía un salón con paredes desconchadas y ventanas llenas de polvo y telarañas. Las sillas, que estaban cubiertas por sábanas blancas, eran mullidas y con respaldo alto. Aunque no pude apoyar la espalda pues la tensión del momento me lo impidió.

Marvin era la persona viva más cercana a los Ludwig, o la que yo había podido encontrar. Al hablar con él por teléfono me había asegurado que conocía todo lo ocurrido por un diario que su abuela había escrito mientras servía en casa de los Ludwig. Allí relataba muchas cosas. 

Nos habíamos citado en la casa, pues quería aprovechar la ocasión para visitar el lugar de los hechos y a la vez conocer el contenido de ese diario. 

Cuando ya estábamos sentados, me ofreció un café en un vaso de papel de usar y tirar que había comprado de camino. Le agradecí el detalle, aunque yo no bebía café. Por educación no lo rechacé, pero lo dejé enfriar sin siquiera probarlo. 

Saqué mi móvil y encendí la grabadora de voz, pero él me frenó. No quería que nada de lo que dijese saliera a la luz. Le comenté que no era periodista, pero que como investigadora, tarde o temprano, lo que iba a descubrir se sabría. 

Entonces se abalanzó sobre mí sin mediar palabra y me rodeó el cuello con sus manos. La presión que ejerció me dejó sin respiración y empecé a verlo todo borroso. No supe reaccionar, me cogió por sorpresa. 

Caí muerta, asfixiada.

Lo que pude ver a continuación, cuando mi alma se separó de mi cuerpo, fue lo que me reveló la verdad. Allí estaban los espíritus de toda la familia Ludwig; ellos me explicaron, ante mi atónita mirada, lo que les había pasado.  

Marvin me había mentido, ni siquiera se llamaba así, se trataba de John Chapman y era el exmilitar que estaba a cargo de la casa de los Ludwig. Arrastró mi cuerpo inerte hasta el sótano y allí lo arrojó a un foso. Luego lo cubrió de tierra y, finalmente, volvió a colocar los maderos que formaban parte del suelo. 

John no era una persona corriente, sino que se trataba de un demonio inmortal. Pero la familia no lo supo a tiempo. Igual que yo. Después de luchar en varias guerras y cansado de la vida de trincheras, se retiró de los campos de batalla y decidió probar suerte con una vida mundana. Entró a servir en casa de los Ludwig; al principio, todo fue bien, pero pronto empezó a echar de menos la sangre y la destrucción. El odio que atesoraba en su corazón iba creciendo día a día, hasta que no pudo frenarlo más y decidió matarlos a todos. Incluso a su mujer y a su propio hijo de tan solo cuatro años. Se deshizo de los cuerpos en la caldera de la casa y luego se marchó sin ser visto. 

He aquí el secreto de la maldición de los Ludwig, que desaparecieron de un día para otro sin dejar rastro. Ahora ya conocía el enigma, pero jamás podría contárselo a nadie. De hecho, mi desaparición al hacerme cargo del caso, acrecentó todavía más el misterio sin resolver. Y así seguiría por los siglos de los siglos. 


Esta es mi propuesta para el Desafío Literario del blog de Jessica Galera Andreu.

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Lídia Castro Navàs

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Escapar

La compañera y amiga Sadire, además del reto literario de su blog, también tiene otros desafíos en sus rrss. Hoy os presento “Arte que inspira”, un reto que promueve en instagram, aunque yo me he atrevido a traerlo aquí.

La obra de arte que ha escogido para esta ocasión me encanta (I ❤ prerrafaelitas), por eso decidí participar, y dada la cercanía de Halloween, he escogido una temática un poco tétrica para la historia.

Os dejo enlace a su reto en instagram y a continuación mi relato:

la dama shallot

La dama Shalott. John William Waterhouse, 1888

ESCAPAR

Me costaba respirar; ni siquiera las bocanadas de aire que tragaba saciaban mi falta de oxígeno. El pecho se me había encogido…

La barca avanzaba a paso lento, demasiado lento para mis ganas de alejarme de allí cuanto antes. En mi huida precipitada me había llevado unas velas y el edredón que bordó mi abuela; este colgaba por un lateral y se iba empapando, al igual que la manga de mi vestido, pero no era consciente de ello. Mi mente estaba ocupada con las últimas imágenes que mi retina había captado: sangre, encapuchados y crucifijos. Los sollozos de la chica quedaban apagados por la mordaza que llevaba en la boca, pero su simple recuerdo me estremecía. La cruz de madera en la que estaba atada se mantenía en un inestable equilibrio mientras uno de los encapuchados le infería cortes con una daga sobre su piel desnuda. La sangre goteaba y manchaba el suelo; había salpicaduras aquí y allá. La escena era terrible…

Pude escapar al escabullirme entre los gruesos cortinajes que escondieron mi presencia. Nadie se percató. Mi testimonio quedaría velado por el terror y el miedo que sentía en ese momento. Esa no era una sociedad de estudios religiosos, como me habían hecho creer; eran una secta, una secta maligna que había puesto los ojos en mí. Solo esperaba escapar lo suficientemente lejos para no ser su próxima víctima. 

Lídia Castro Navàs

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La archicofradía de la antimateria

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La noche por fin había caído en el bosque retorcido de Gryfino, donde los troncos de los árboles se retorcían en terroríficas figuras que hacían aun más temible la oscuridad. Me hallaba en la puerta de su escondite, la cabaña de la bruja Morelia, la responsable de desestabilizar nuestro mundo.

El capataz de mi archicofradía me había expuesto mi misión de forma clara: debía robar las partículas de positrón que Morelia había conseguido del rayo cósmico que atravesó nuestra galaxia hacía un milenio. No podíamos permitir que una simple hechicera pusiera en peligro nuestro mundo conocido al experimentar con la antimateria. 

Pensé en mis hermanos y, después de comprobar que la bruja no se encontraba cerca, me escabullí por la ventana entreabierta de su choza y me puse a buscar las partículas. Mientras husmeaba entre sus tratados, libros de conjuros y botes de contenido dudoso, se encendió una luz. ¡Era Jarek! Un hermano que había pertenecido a mi archicofradía, pero había desaparecido misteriosamente. 

―¡Hermano, estás vivo! ―me acerqué rápido hacia él―. ¿Te retiene la bruja?

―No, estás equivocado ―me frenó con su mano―. Todos los hermanos están equivocados. He sido testigo, la he visto… he visto la unión entre la materia y la antimateria y no ocurre nada de lo que nos han hecho creer, hermano. 

―¿Qué dices? ¡Sabes que experimentar con la antimateria puede hacernos desaparecer a todos!

―No, si controlas la cantidad de las dos para que exista un equilibrio, y lo que sucede es que se abre una puerta, un portal a otro mundo paralelo más evolucionado, donde nada de lo que conocemos tiene importancia, ni siquiera nuestros cuerpos tienen cabida en ese nuevo mundo: solo nuestra energía. La libertad y poder que se sienten son inigualables. 

―Me das miedo, Jarek. ¿Qué te han hecho?

―Nadie me ha hecho nada. Tuve la suerte de coincidir con Morelia y fue ella quien compartió ese conocimiento conmigo. Al principio, no la creí, claro. Pero luego accedí a comprobarlo por mí mismo y es… maravilloso. La archicofradía solo intenta convencernos de que la antimateria es el demonio, pero no es así. Nos evitan evolucionar, mantenernos atados a este mundo que involuciona. 

―Yo… es que… no sé si puedo creerte…

―Puedo mostrártelo, ¿quieres? ―me dijo ofreciéndome su mano―. ¿Confías en mí?

Mil pensamientos me asaltaban. Ni siquiera le contesté. Cogí la mano que me estaba ofreciendo y todo lo que conocía desapareció ante mí, se convirtió en historia.

 

Lídia Castro Navàs

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Esta es mi participación para el desafío literario del blog de Jessica Galera Andreu.


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Clarividencia

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Antes de empezar a hablar, ya señalaba con sus deditos el final de un pasillo vacío o una habitación a oscuras. Su gesto se endurecía y con la mirada te rogaba que le prestaras atención, pero nunca había nada. 

Cuando pudo verbalizarlo, creí que era un juego, un inocente juego de niños…

Tardé un poco en darme cuenta de que no era ningún entretenimiento para ella, sino un don… una maldición. 

Aún recuerdo esa vez que lucía su vestido preferido, estampado con gatitos negros; debían ser las ocho de la tarde y el sol empezaba ya a descender hacia el horizonte; su luz rozaba el suelo y deslumbraba si la mirabas directamente. Salió corriendo al jardín entre sollozos. En su lucha por llamar mi atención, la coleta se le deshizo y la dotó de un aspecto de locura transitoria. Me asusté. 

La seguí hasta allí, temerosa. Me paré justo a sus espaldas y observé lo que parecía una preciosa puesta de sol. Nada frente a mí me decía el porqué de su estado. 

Al momento, se calmó y apaciguaron los espasmos, aunque seguía apretando sus pequeños puños. En su mano izquierda asomaba una piedra. Creí que la iba a lanzar entre sus susurros ininteligibles, pero, en vez de eso, la alzó hacia la luz y recitó unas palabras en un idioma que sonaba a extinto. 

Pronto una luz oscura, que estaba confundida entre las luces y las sombras del paisaje que yo misma tenía frente a mí, se dirigió a la piedra; no era una piedra común, era un cuarzo rosa que su abuela le había regalado después de visitar la feria del condado. 

La luz oscura penetró en el mineral y un destello de luz la hizo desaparecer. 

Luego, el agarre de sus manitas se soltaron, dejaron de apretar sus propios dedos y sus hombros cayeron, como si un gran peso se hubiera liberado de ellos.

—Ya no hará más daño a nadie — dijo sin siquiera girarse. 

Los vellos de la nuca se me erizaron. Jamás volví a dudar de sus “juegos”.


Esta es mi participación en el Desafío literario: Julio “fantascalórico” del blog de Jessica Galera Andreu.

Lídia Castro Navàs

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