Síndrome del impostor

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Se levantó esa mañana con la firme intención de terminar con su bloqueo. Se sentó frente a la máquina de escribir, cerró los ojos y posó los dedos sobre las teclas. La imaginación empezó a fluir… Escuchó la música de una feria, los gritos y risas de unos niños divirtiéndose, vio un tiovivo antiguo, pero ¡tenía animales de verdad en los que montarse! Al instante, abrió los ojos, releyó lo que acababa de escribir, arrancó la hoja con rabia y la tiró a la papelera. No era el bloqueo contra lo que luchaba, sino contra el síndrome del impostor*.


*Síndrome del impostor: Se trata de un trastorno psicológico en el cual las personas son incapaces de asimilar sus logros (en el ámbito que sea: laboral, creativo, académico…). En el mundo de la escritura, este síndrome hace que nada de lo que esta persona escriba le parezca bueno o a la altura de sus expectativas. Suele ser muy común entre escritoras y también en el mundo de la autopublicación.


Esta es mi propuesta para Escribir jugando de abril, un microrrelato de 99 palabras, basado en la carta, con la palabra del dado: ojo y como opcional: la máquina de escribir.

¡Te invito a participar!

Puedes consultar las bases aquí:

¿Te interesan los juegos de mesa que te ayuden a mejorar tu escritura? 

Te aconsejo unos cuantos. Echa un vistazo en el siguiente enlace:

Lídia Castro Navàs

El teléfono que se convirtió en rosa

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Silg no conocía otra estación que no fuera el invierno. Se había acostumbrado al frío, que era como el espino sobre su piel. Su abuelo solía hablarle de las flores y de cómo se cultivaban, antes de que el clima cambiara y eso le dio una idea: enterró su teléfono en la nieve y esperó. Pero nada pasaba. Había tomado las palabras de su abuelo de forma literal. Una mañana, algo detuvo su paseo habitual: una rosa se abría entre las gélidas capas de hielo. Lo que no sabía es que su abuelo la había puesto allí para ella.


Esta es mi propuesta para Escribir jugando de marzo, un microrrelato de 99 palabras, basado en la carta, con la palabra del dado: teléfono y como opcional: el espino.

¡Te invito a participar!

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Lídia Castro Navàs

Mientras renacía

Artista: Marinelsheu

El aroma del palo santo y del té recién hecho se entremezclaban en la habitación. No sabía cuánto tiempo estaría ahí, pero el cálido abrazo del ambiente la reconfortaba, mientras veía el color cambiante del cielo a través de la ventana. No iba a perderse ningún atardecer mientras renacía.

Otra de mis tríadas: Ilustración + microrrelato + música. Recomiendo disfrutar todo a la vez. Espero que te guste.

Lídia Castro Navàs

Guerrera

Artista: Xu Zhang

Era una guerrera, no iba permitir que su estirpe sufriera ni que los secretos ancestrales de su tribu fueran profanados. Usó la pintura de guerra y se encaminó hacia su destino. Nadie sabría jamás que, bajo su protección, se encontraban todos los conocimientos del Universo. Iba a dar la vida por salvaguardar ese secreto.

Esto es lo que llamo una entrada 3 en 1: Ilustración + microrrelato + música. Recomiendo disfrutar todo a la vez.

Lídia Castro Navàs

Batallas perdidas

Ilustradora Etara.

Él era un samurái de gran reputación que siempre estaba ausente; ella, una doncella muy sensible que fue víctima de un hechizo. Aunque seguía sintiendo la conexión, ya no podía sostener su mirada que se perdía lejos de allí. Eso le partía el alma al guerrero, incapaz de ganar esta batalla.

Esto es lo que llamo una entrada 3 en 1: Ilustración + microrrelato + música. Recomiendo disfrutar todo a la vez.

Lídia Castro Navàs

La idea del rey

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El rey de aquel pequeño país viajaba mucho y lo había hecho en todo tipo de transportes: a caballo, en carroza, en tren, en coche… pero sentía que ninguno de ellos le ofrecía las comodidades de su palacio. Cierto día, una idea le llegó a la mente como un imán que se siente atraído por el polo opuesto. Habló con un ingeniero y así fue como se inventó el palacio aerostato. Desde entonces, el rey viaja a todos lados sin salir de su casa.


Esta es mi propuesta para Escribir jugando de febrero, un microrrelato de 84 palabras sin contar el título, basado en la carta, con el objeto del dado: imán y como opcional: la palabra aerostato.

¡Te invito a participar!

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Lídia Castro Navàs

El circo de la bruma

“Perfecto”, musité irónicamente. Mi coche se acababa de parar de repente en medio de una lúgubre carretera secundaria. Había decidido tomar un atajo, pues no quería llegar tarde a la fiesta de Halloween de mis amigos. Este año tocaba celebrarlo en una casita en el campo que no podía estar muy lejos allí, pero, como siempre, había salido muy tarde del trabajo y me había perdido por el camino. 

Decidí llamar para avisar que me vinieran a buscar, pero… ¡No tenía cobertura! 

“Esto es realmente perfecto”, volví a musitar tirando el móvil en el interior de mi bolso.

Por segunda vez, me arrepentí de haber cogido ese atajo, pues iba a llegar tarde de todas formas. Bajé del coche y empecé a caminar en dirección a las únicas luces que me indicaban la presencia de un pequeño pueblo cercano. 

Todo parecía muy extraño: empezando por las calles polvorientas y sin asfaltar, las miradas recelosas de los habitantes que rondaban a esas horas y acabando por unos carteles que anunciaban el espectáculo de un circo: “El circo de la Bruma”. 

Me acerqué a lo que parecía una barbería, pues en la fachada había un poste giratorio de rayas rojas, blancas y azules. En la puerta también había uno de esos carteles sobre el circo. Al verlo de más cerca y con más detenimiento, me di cuenta de algo: en el póster se anunciaba la función para el día 31 de octubre, es decir, ese mismo día, pero del año 1823. El cartel parecía recién impreso, por eso pensé que sería un enganche publicitario para crear misterio. No le hice más caso y empujé la puerta. El tintineo de una campanilla alertó de mi llegada, aunque el barbero ya me había visto venir a través de la ventana. Con un trapo secaba una de sus cuchillas y, a tenor del rato que llevaba haciéndolo, diría que no solo estaba muy seca, sino que además debía relucir como plata recién pulida. 

—Buenas noches, ¿podría usar el teléfono?

—¿Cómo dice? —me preguntó extrañado. 

—Mi coche se averió a unas pocas millas de aquí y…

—No encontrará a ningún herrero a estas horas, tendrá que esperar a mañana. 

“¿Un herrero?”, estaba claro que quiso decir mecánico, aunque me empecé a sentir incómoda y decidí darle las gracias e irme a probar suerte en la taberna que también estaba abierta. 

Quise evitar entrar en ese tugurio en cuanto lo divisé al llegar al pueblo, me daba muy mala espina, pero no me quedaba más remedio; el tabernero estaba en la misma posición que el barbero, pero lo que secaba era un vaso que jamás reluciría como la plata. El local estaba mugriento y los parroquianos del lugar parecían sacados de una película del antiguo oeste. 

“¿Qué está pasando?”, me pregunté. Empecé a ponerme más nerviosa cuando el tabernero tampoco sabía qué era un teléfono. Salí del bar sin saber muy bien qué hacer. Resolví volver al coche e ir en otra dirección a buscar ayuda, pero entonces, sentí una presencia a mis espaldas. 

Era uno de los hombres que me habían observado estando en la taberna. Creí que tendría que empezar a correr cuando me dijo:

—Todo volverá a la normalidad en cuanto acabe la función del circo.

—¿Cómo?

—La función hace retroceder el tiempo y te ha cogido a ti dentro del radio del pueblo. Estamos en 1823, pero tranquila, al salir el sol, el circo cierra sus lonas y desaparece hasta el próximo año. 

—¿Y cómo es que tú sabes eso?

—Porque participo en la función del circo. Soy mago y vidente. 

Un escalofrío recorrió mi espalda. ¿Estaría diciéndome la verdad?

—Toma. —Alargó su mano y me entregó un pase para el circo—. Este espectáculo no lo puede ver todo el mundo y tú no vas a poder volver a tu vida hasta que salga el sol, así que… Yo no me lo perdería.

Al final me perdí la fiesta de mis amigos, pero pude presenciar un espectáculo de circo impresionante en el año 1823.


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Lídia Castro Navàs