Acerca de Lídia Castro Navàs

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Las constelaciones de otoño

¿Sabías que las constelaciones del cielo no son las mismas todo el tiempo? Van cambiando según la estación del año.

¿Quieres conocer las que hay en otoño en el cielo y el mito que las esconde? Pues ven y te lo cuento. 👇 👇

Más vídeos en Mitologías.

Lídia Castro Navàs

Exploración

Universo Destiny

—Aquí la guardiana D-79 en escuadra individual llamando a la Torre —transmitió el espectro—. Necesito permiso del comandante Zavala para explorar el planeta. 

—¿Qué planeta? —preguntó la voz desconcertada del comandante—. Guardiana D-79, las coordenadas que envías no reflejan ningún planeta ni sistema planetario en nuestras cartas de navegación. ¿Dónde narices estás?

—Es que mi nave fue atraída por el campo gravitatorio de un agujero negro y lo traspasé. Al volver, me he topado con este planeta… 

—Bien —respondió Zavala meditativo—. Manda unas capturas antes de traspasar la órbita de ese lugar y que tu espectro tome unas muestras de su atmósfera para que puedas adaptar tu equipo de protección. 

—De acuerdo. ¡Hecho! 

Al bajar de la nave, acompañada únicamente de mi espectro y de mi fusil automático de vacío, me dispuse a explorar el terreno circundante. 

Era un planeta con mucha vegetación, extremada humedad ambiental y muchas ruinas. Me recordaba al antiguo planeta Venus, que antaño fue invadido por caídos y vex. 

Había humedales y pequeños lagos por doquier, de ahí que la vegetación fuera tan exuberante. 

Me hice paso a través de unos escombros, sorteando la maleza con mis propias manos. Entré en lo que parecía un edificio abandonado; un antiguo laboratorio… 

—¡Alerta, guardiana! —me advirtió mi espectro—. Mis escáneres me muestran vida. Aunque… 

—Aunque, ¿qué? 

—Diría que por las lecturas, son repudiados. 

—¿Repudiados? Vayamos a comprobarlo. 

Seguí andando por un pasillo largo y metálico. A lo largo de ese corredor se abrían pequeñas estancias a lado y lado. En las primeras que vi había vasos y tubos de ensayo con diferentes fluidos. En las de más adelante, había un montón de tarros con lo que parecían embriones de alguna clase de animal desconocido. Y, finalmente, vi grandes depósitos de cristal con seres ya crecidos.

Me vino a la cabeza una de mis lecturas preferidas. Solía leer viejos libros, de antes de la llegada del Viajero, que habían sido recuperados y convertidos en archivos digitales. La isla del doctor Moreau de H.G. Wells. Donde un científico viviseccionaba humanos y los mezclaba con animales para crear nuevas especies. Era grotesco. 

Eso mismo es lo que me transmitía el laboratorio en el que estaba: algún repudiado estaba creando engendros para combatir. En los tanques, donde había seres ya adultos, pude reconocer a uno de ellos: de cuatro patas y con un caparazón, a modo de tortuga, que explosionaba al acercarse al enemigo. Era un servidor de Fikrul; daba su vida, cual kamikaze, en nombre de la Oscuridad. 

—¡Guardiana, D-79! —Escuché a Zavala gritar. 

—Aquí, mi comandante —le susurré—. Estoy tomando imágenes de todo, creo que se trata de un laboratorio…

—¡Abandona la misión! No atravesaste un agujero negro, sino un portal interdimensional de los repudiados. 

—Sí, lo sé. Estoy viendo sus experimentos…

—¡Aborta, repito! Esta misión tiene que ser planificada y llevada a cabo por una escuadra mayor. ¡Es una orden!

—Está bien —dije a regañadientes. 

Desandamos el camino recorrido hasta la nave y volvimos a atravesar el portal, no antes de darme cuenta que unas naves enemigas intentaban darme alcance. Estaba claro que mi visita no había pasado desapercibida.

 


Pedro, un buen amigo virtual, se ha comprado un calendario del 2020 de Destiny (el videojuego al que dedicamos parte de nuestro tiempo) y me ha retado a escribir un relato inspirándome en cada personaje que aparece en dicho calendario. El mes de octubre trae una imagen de este engendro repudiado y esta es la foto que Pedro me mandó el día 1:

Lídia Castro Navàs

El circo de la bruma

“Perfecto”, musité irónicamente. Mi coche se acababa de parar de repente en medio de una lúgubre carretera secundaria. Había decidido tomar un atajo, pues no quería llegar tarde a la fiesta de Halloween de mis amigos. Este año tocaba celebrarlo en una casita en el campo que no podía estar muy lejos allí, pero, como siempre, había salido muy tarde del trabajo y me había perdido por el camino. 

Decidí llamar para avisar que me vinieran a buscar, pero… ¡No tenía cobertura! 

“Esto es realmente perfecto”, volví a musitar tirando el móvil en el interior de mi bolso.

Por segunda vez, me arrepentí de haber cogido ese atajo, pues iba a llegar tarde de todas formas. Bajé del coche y empecé a caminar en dirección a las únicas luces que me indicaban la presencia de un pequeño pueblo cercano. 

Todo parecía muy extraño: empezando por las calles polvorientas y sin asfaltar, las miradas recelosas de los habitantes que rondaban a esas horas y acabando por unos carteles que anunciaban el espectáculo de un circo: “El circo de la Bruma”. 

Me acerqué a lo que parecía una barbería, pues en la fachada había un poste giratorio de rayas rojas, blancas y azules. En la puerta también había uno de esos carteles sobre el circo. Al verlo de más cerca y con más detenimiento, me di cuenta de algo: en el póster se anunciaba la función para el día 31 de octubre, es decir, ese mismo día, pero del año 1823. El cartel parecía recién impreso, por eso pensé que sería un enganche publicitario para crear misterio. No le hice más caso y empujé la puerta. El tintineo de una campanilla alertó de mi llegada, aunque el barbero ya me había visto venir a través de la ventana. Con un trapo secaba una de sus cuchillas y, a tenor del rato que llevaba haciéndolo, diría que no solo estaba muy seca, sino que además debía relucir como plata recién pulida. 

—Buenas noches, ¿podría usar el teléfono?

—¿Cómo dice? —me preguntó extrañado. 

—Mi coche se averió a unas pocas millas de aquí y…

—No encontrará a ningún herrero a estas horas, tendrá que esperar a mañana. 

“¿Un herrero?”, estaba claro que quiso decir mecánico, aunque me empecé a sentir incómoda y decidí darle las gracias e irme a probar suerte en la taberna que también estaba abierta. 

Quería evitar entrar en ese tugurio en cuanto lo divisé al llegar al pueblo, me daba muy mala pinta, pero no me quedaba más remedio; el tabernero estaba en la misma posición que el barbero, pero lo que secaba era un vaso que jamás reluciría como la plata. El local estaba mugriento y los parroquianos del lugar parecían sacados de una película del antiguo oeste. 

“¿Qué está pasando?”, me pregunté. Empecé a ponerme más nerviosa cuando el tabernero tampoco sabía qué era un teléfono. Salí del bar sin saber muy bien qué hacer. Resolví volver al coche e ir en otra dirección a buscar ayuda, pero entonces, sentí una presencia a mis espaldas. 

Era uno de los hombres que me habían observado estando en la taberna. Creí que tendría que empezar a correr cuando me dijo:

—Todo volverá a la normalidad cuando acabe la función del circo.

—¿Cómo?

—La función hace retroceder el tiempo y te ha cogido a ti dentro del radio del pueblo. Estamos en 1823, pero tranquila, al salir el sol, el circo cierra sus lonas y desaparece hasta el próximo año. 

—¿Y cómo es que tú sabes eso?

—Porque participo en la función del circo. Soy mago y vidente. 

Un escalofrío recorrió mi espalda. ¿Estaría diciéndome la verdad?

—Toma. —Alargó su mano y me entregó un pase para el circo—. Este espectáculo no lo puede ver todo el mundo y tú no vas a poder volver a tu vida hasta que salga el sol, así que… Yo no me lo perdería.

Al final me perdí la fiesta de mis amigos, pero pude presenciar un espectáculo de circo impresionante en el año 1823.


Esta es mi propuesta para el Desafío Literario del blog de Jessica Galera Andreu.

Lídia Castro Navàs

El ritual

Ya lo tenía todo preparado en el claro del bosque: la mesa de trabajo frente al caldero calentándose en el fuego, el mortero para machacar las hojas, el resto de ingredientes en una cesta esperando su turno… Solo me faltaba conectar con mi espíritu para completar el hechizo.

(48 palabras sin contar el título)


Esta es mi participación al reto “Emociones en 50 palabras” del blog de Sadire Lleire.

reto sadire

Lídia Castro Navàs