Lubra y mi destino

Era la noche de carnaval y ya tenía preparada la máscara que escondería mi identidad: el color dorado y rojo del satén que recubrían toda la estructura, refulgiría bajo las luces del salón del castillo de Zima. El baile de máscaras que albergaba era el más conocido en la región y una invitación a él era el tesoro más codiciado por cualquiera que quisiera hallar su destino. Se decía que en el subsuelo del castillo se escondían los más misteriosos secretos de la vida: magia, alquimia y portales cuánticos se hallaban en ese lugar. Por fin podría terminar la misión que la diosa Lubra me había encomendado tanto tiempo atrás; se trataba de encontrar la parte de mi alma que me faltaba, mi complemento, mi otra polaridad…

Hacía once siglos que Lubra partió mi alma en dos mitades idénticas, pero de distinta polaridad: una femenina, que yo encarnaba, y otra masculina, que viviría de forma paralela a la mía. El objetivo era purificar el karma de forma más rápida que haciéndolo con el alma entera. Y ofreciendo ese conocimiento y ayuda al resto de la humanidad para que despertara al mundo espiritual. El problema era que ninguna de las dos mitades sabríamos eso durante nuestras siguientes encarnaciones. Eso significaba que podríamos coincidir en la misma vida o no; y, de hacerlo, podríamos tener diferente edad, cultura y/o condición.

Según me informó Lubra antes de firmar el contrato en el que aceptaba partir mi alma, cuando hubiera limpiado el karma y estuviera casi purificada, en mi última vida con alma fragmentada, se me permitiría saber toda la verdad y conocer a la persona que encarnaba mi complemento. Llegado a ese punto, tendríamos edades similares y polaridades distintas para volver a unir las dos mitades de mi alma.

Y ese momento había llegado. Llevaba unos cinco años recibiendo información procedente de la Diosa a través de sueños y visualizaciones en las que entendí mi misión en esta vida.

Me dirigí al baile de máscaras con mi vestido de color rojo satén y la máscara a conjunto. Reconocería a mi polaridad a través de sus ojos, su voz o su simple energía… Pero él lo tendría un poco más complicado, pues no habría recibido tanta información como yo, así que tendría que mostrarle mi rostro para que se fijase bien en mí.

El recibidor del castillo, que se mantenía con las puertas de par en par, estaba vigilado por los mozos a quienes enseñé mi invitación. Atravesé el vestíbulo hasta llegar al salón del baile. La gran cantidad de gente que lo llenaba me hizo temer en la imposibilidad de conseguir mi objetivo. Me paseé por el salón, después de coger una copa de champán, como una cazadora escrutando cada mirada en busca de mi presa. Pero parecía que nadie me hacía vibrar el centro del pecho como se suponía que tenía que pasar…

Empecé a pensar que había malinterpretado las señales de Lubra, cuando uno de los camareros, que portaba una bandeja con copas vacías, llamó mi atención. También llevaba máscara, pero al ver de refilón sus ojos brillantes y oscuros, algo en mí explotó. ¡Era él! ¡Había estado buscando entre los invitados y resultó ser del personal de servicio!

Me fui tras él disimuladamente y me metí en la zona de la cocina, donde el bullicio era similar al del propio salón aunque la música quedaba apagada por el repique y choque de las copas y cacharros. El jefe, vestido de blanco impoluto, me pilló husmeando por ahí y con un gesto desagradable me indicó la salida. Algunos de los mozos se giraron y me observaron; entre ellos, el camarero. No podía dejar pasar la oportunidad de que él también me reconociera. En un movimiento rápido tiré del lazo detrás de mi cabeza y dejé caer la máscara como si fuera un descuido. Miré fijamente al camarero, que hasta entonces no había mostrado interés ninguno en mí. Pero, en cuanto nuestras miradas se cruzaron, supe que él también había sentido algo.

El jefe de cocina empezó a vociferar, así que salí de allí corriendo, pues no quería que alertaran a los mozos de seguridad y me acabaran echando a la fuerza.

—Señorita, su máscara. —Sonó una voz tras de mí. Era el camarero y su voz vibró en mi interior como un cosquilleo. 

—Gracias —le dije mientras cogía la máscara de sus manos. Pero él no la dejó ir. 

—¿Nos conocemos? —susurró. No quería incomodarme, pero el impacto sufrid al verme y sentir esa familiaridad le empujaban a saltarse el protocolo estricto que seguro había firmado antes de trabajar en el baile. 

Entonces, le tomé de la mano y lo dirigí a una zona más apartada, donde pudiéramos hablar alejados de miradas indiscretas. Él se dejó hacer sin ser demasiado consciente de lo que estaba ocurriendo.

Nos resguardamos en el ropero, entre los abrigos y pieles de los asistentes al baile.

—No nos conocemos, pero… nuestras almas sí —le expliqué.

—¿Qué? ¿Te refieres a almas gemelas? —dijo perplejo. 

—No. Tú y yo poseemos una parte de la misma alma y ha llegado el momento de que vuelva a estar unida. 

—Pero… ¿Cómo? —Seguía desconcertado. 

—La verdad es que no estoy segura, pero nuestra misión trasciende todo lo que hemos conocido y vivido hasta ahora. Nuestra experiencia supondrá un bien para toda la humanidad…

Sin esperarlo, el camarero, quien ni siquiera me había dicho su nombre, se abalanzó sobre mí y nos dimos un dulce, pero apasionado beso. Ese beso supuso la fusión de nuestras almas en una.

¡Había cumplido mi misión!


Esta es mi propuesta para el Desafío Literario del blog de Jessica Galera Andreu. Mis máscaras me indicaron los siguiente requisitos para el reto:

1- Alguien me pillaba husmeando por un lugar que no debía.

2- Se me caía la máscara y descubría mi identidad.

3- Un beso.

reto febrero jess

Lídia Castro Navàs

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